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sábado, 25 de diciembre de 2010

Réquiem por un ladrón obeso

Esta mañana, he amanecido antes de la cuenta, merced a un ruido procedente del salón.
Tras quitarme las legañas matinales de rigor, agarré el regalo que mis precavidos progenitores me habían entregado ayer mismo, con motivo de la celebración del vigésimo cuarto aniversario del día en que le jodí la nochebuena a mi madre viniendo al mundo (Lo siento mamá, prometo no volver a hacerlo).
Al llegar a la sala, me topé de bruces con un tipo gordo y barbado, que parecía haberse colado por la chimenea, y sin pensármelo dos veces, me dispuse a estrenar mi nuevo juguetito, por aquello del allanamiento de morada y preservar las buenas costumbres, poniendo su hasta entonces impoluto traje verde, todo perdido de sangre.
Demasiado tarde, recordé que Santa Claus sólo viste de rojo en los anuncios de coca-cola.
¡Quién les manda a mis padres regalarme una recortada de cumpleaños!
Yo no la pedí, lo juro, Señoría.

Así pues, en memoria del bueno de Santa, y todos aquellos que hacéis posible este loco loco proyecto (mis padres, Raúl, Joe, Mila, Jero, José, Peter, Guillermo, Elena,  Amparo, Cris Marple, Luis, Lourdes  y un largo etcétera)    aquí os dejo mi humilde presente: un  breve crossover, un pastiche, que escribí en honor de mi buen amigo Tristante, hace cosa de año y medio, mezclando algunos  de sus personajes con los de otros autores también muy queridos para mí, que he retocado especialmente para vosotros.
 Si os gusta, y sois malos, tengo alguno más, podéis pedírselo a los reyes.
Muchas gracias a todos, y ¡Felices fiestas!



Algo personal


Para Jero, escritor genial, gran persona y mejor amigo, porque el orden de los factores no altera el producto.


Era tarde, demasiado tarde, para que en Leganitos hubiera gente pendiente del panel de monitores  que mostraban la sala de interrogatorios.
 La gran diversidad de pantallas disponibles, hacían que el espectador se sintiera como en una suerte de reality show de los años 20, en el que  existían muchas perspectivas de todo lo que allí ocurría, pero sólo podían verse en blanco y negro y sin sonido.
 Un sistema, que acababa de ser implantado en numerosas comisarías de España, y volvía a poner de manifiesto uno de los muchos problemas de nuestro país: la obsesión de la administración por dar una imagen de modernidad, sin pararse antes a analizar si la nueva propuesta era algo realmente positivo, o si, como solía ocurrir, era una chapuza, un nuevo paso atrás disfrazado de avance tecnológico.
Y eso, a Chema Arregui, le tocaba muy mucho los cojones.
 No podía entender porqué  habían quitado los famosos espejos falsos, si eran mucho más efectivos, a pesar de que, obviamente, ya no engañaban a nadie, después de aparecer en todas las americanadas que inundaban la televisión y el cine, pero que, al menos, permitían escuchar lo que ocurría dentro de la sala, sin apabullar al interrogado con más de un poli apretándole las tuercas.
 Y lo que allí podía verse, era todo un espectáculo. Mudo, pero espectáculo al fin y al cabo.
  Allí estaba el nuevo, el inspector Ros, un tipo alto y espigado, de unos cuarenta años, recién llegado desde Murcia, y que, por lo que se comentaba por ahí, tenía mucho futuro en la profesión.
 Como el propio Arregui había podido constatar, se trataba de un hombre peculiar, afable, firme defensor de  los nuevos métodos de investigación, que había sido destinado a Madrid, tras destacar en su ciudad natal por haber conseguido esclarecer el intrincado caso del chico de la katana.
 Un chaval que, de buenas a primeras, se había lanzado a dar mandobles a diestro y siniestro por la capital levantina, siguiendo un complicado patrón. Y fue él el que se dio cuenta de que, en realidad, era una venganza contra las familias de todos aquellos compañeros de colegio que le habían hecho la vida imposible durante años. Una revancha ante un claro caso de lo que los expertos llaman bullying, un anglicismo con el que se designa algo que ha venido ocurriendo en el ámbito escolar desde el principio de los tiempos, el clásico panoli centro de todas las burlas. Pero en esta ocasión, el pringao no se había olvidado del tema y ese odio había ido aumentando y solidificándose como cubitos de hielo, hasta derivar en un macabro plan de venganza que estuvo a punto de tener éxito. De hecho, sólo tres de las ocho familias que el desequilibrado adolescente había situado en su punto de mira, habían conseguido salvar la vida. Y todo había sido gracias a Ros o, como él mismo  insistía en que le llamaran, Victor Ros IV.
 Y es que, según le había explicado a Arregui, Ros venía de una larga estirpe de brillantes policías, iniciada a finales del siglo XIX con el bisabuelo del murciano, una especie de Sherlock Holmes a la española, que había solucionado decenas de misterios aparentemente irresolubles y hasta sobrenaturales, empleando  el método hipotético-deductivo y las más avanzadas técnicas de la época.
 Y ahora, el bueno de Ros, inquieto por naturaleza, había decidido que, en sus horas libres, se  iba a dedicar a novelar, de la forma más amena y objetiva posible,  las increíbles aventuras de su bisabuelo, para publicarlas bajo el anodino e incomprensible pseudónimo de Jerónimo Tristante, a fin de que los lectores no pudieran pensar que lo allí escrito no eran más que las fantasías de un descendiente sin blanca, deseoso de ensalzar la figura de su excelso antepasado para hacer caja  .
Mientras Arregui hacía estas cavilaciones, la sala de interrogatorio se abrió, y unos oficiales arrastraron fuera al sospechoso, que parecía agotado, con la mandíbula casi desencajada y los ojos rojos de tanto llorar.
-No, por favor, no más- gritaba el esposado-. Ya he dicho todo lo que sabía.
Y tras él salió Ros diciendo:
-Vamo a terminá con er último testigo.
-¿De verdad crees que es necesario? Ya tenemos información más que suficiente para encontrar a los Medici.
-Sí, bueno. Pero éto é argo personá- y se volvió a introducir en la sala.
Instantes después, aparecieron otros dos oficiales, escoltando a un hombre  enjuto y bastante viejo, que no cesaba de proclamar a voz en grito:
-¡Voy a denunciaros por abuso de autoridad! ¡Conozco a mucha gente de arriba! ¿ o es que acaso se os ha olvidado con quién estáis hablando?
Y Arregui ya no pudo oír nada más, porque el pesado anciano había sido obligado a entrar en la insonorizada sala de interrogatorios.
Entonces, Arregui, inconscientemente, volvió sus ojos al panel lleno de monitores, donde pudo apreciar como Ros ya se encontraba sentado delante de una mesa de plástico, y el recién llegado tomaba asiento al otro lado. Y en pocos segundos, la boca del murciano se despegó para iniciar el interrogatorio.
Cinco minutos después, el pobre  anciano ya empezaba a presentar el mismo aspecto que todos los interrogados por Ros: mandíbula desencajada, brutales espasmos, que le hacían doblarse por la cintura, y unos enormes lagrimones  surcando sus arrugadas mejillas.
Para cualquier espectador que simplemente se encontrase con ese panorama, podría parecerle que los métodos de Ros eran cercanos a la tortura o, para ser más exactos, a la tortura china, porque como su compañero ya le había explicado, se trataba de una nueva técnica basada en la risoterapia extrema, que utilizaba un sin fin de chistes y bromas  que, junto al gracejo natural del murciano, lo hacían infalible.
Así es que poco extrañó a Arregui, que a los quince minutos de haber comenzado el proceso, de nuevo se abrieran las puertas de la sala y los oficiales salieran arrastrando al exánime y aún carcajeante anciano que iba canturreando entre dientes:
-Y cómo es el….y a qué dedica el tiempo libre….
Cuando el impasible inspector se dio la vuelta, se encontró, frente a frente, con el atípico interrogador, que salía triunfal y satisfecho.
-¿Y bien?
-Bueno, la verdá é que er gilipolla este, ha cantado tó lo que sabía….- dijo sonriendo irónicamente-. Esa puta cancioncilla…me traumatizó cuando todavía era un acho….
-Ya, si todavía seguía cantándola cuando salía…pero, ¿de verdad pensabas que te iba a revelar algo de utilidad?
-NO, pero era argo personá. Una venganza por ló malo’ rato’ que me hizo pasá er mú mamón- y sin más, desapareció por la puerta en dirección a la salida.
Y el siempre impávido Arregui, no pudo evitar una pequeña carcajada. Van a tener razón, pensó, este tío va a llegar muy lejos.  Y si no, siempre podrá hacerse humorista.

4 comentarios:

J.E. Alamo dijo...

Un excelente regalo. Gracias y felices para ti y los tuyos.

Anónimo dijo...

Estoy muy orgullosa de haberte parido aunque me jodieras la Nochebuena.
Un abrazo. Te quiere.
Tu madre.

ELENA dijo...

Muy bueno. Yo ya he escrito mi carta a Baltasar pidiéndole el siguiente.
Feliz Navidad.

Anónimo dijo...

Felicidades Sergio, no sabia que era tu cumple, lo celebramos el proximo dia, ya tengo ganas, ya me he leido el libro, poco que hacer estos dias en el pueblo, me ha gustado mucho, estoy con Cracovia sin ti. Yanos contaras los chistes.
Amparo