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martes, 8 de enero de 2013

DÍA DE REYES MAGOS


 

¿Qué, mucho carbón, gente?

No para todos, espero, que al final participan siete negritos.... aunque sé de un detective conquense al que le quedan pocos roscones de vida.

Tenéis suerte de que Joe sea mas magnánimo que yo,y le haya encargado a Baltasar, su majestad negrita, el siguiente regalo.

Que lo disfrutéis ....y que ganen los mejores.

 

Merry Xmas, Tom!
 

“I´m dreaming of a white Christmas”

Bing Crosby

 
–¿Y esto? –Mati levanta un paquete rectangular forrado de morado y con un delicado lazo negro a modo de remate en una esquina.

            –Un regalo –responde Stone–. Es Navidad. Ya sabes, llega el hombre gordo vestido de rojo con un saco a la espalda y se cuela en tu casa y coloca regalos debajo del árbol. Vino anoche y te dejó eso.

            Mati enarca una ceja mientras juguetea con el lazo.

            –Si pillo a un tipo debajo del árbol que no seas tú, le hago un agujero extra en el culo.

            –Niña, es Father Christmas, Papá Noel. Joder, la ilusión que me hacía de crío...

            –Aquí somos más de los Reyes. Ya sabes, tres tipos que viajan en camellos y se cuelan en tu casa y te dejan los regalos al lado del belén. Vendrán la noche del día cinco... Ahora que lo pienso, mejor que no los pille a ellos tampoco.

            –Los Reyes Magos... Cuando vine a vivir a España ya no creía en Papá Noel y menos en Reyes Magos. Y los únicos camellos que conozco ni siquiera te escupen gratis. Y mi padre había muerto. Desde entonces, cultivo un odio exquisito hacia la Navidad.

            Mati sigue manoseando el envoltorio, luego sacude con suavidad la caja.

            –¿Qué es?

            –Un lanzallamas con los depósitos repletos de brea líquida.

            –Eso quiere decir que lo abra, ¿no?

            Stone enciende un cigarrillo y sonríe. –Me gusta que me leas la mente, es lo que tiene el amor.

            Mati suelta un bufido y acaba por desenvolver el regalo. Stone mientras tanto, enciende la radio. Se oyen villancicos.

            –Yo no te he comprado nada, Tom. Me fastid... ¡Joder! –Levanta la vista del interior de la caja y la clava en él. El reanimado le guiña un ojo.

            –En realidad no importa, nena; tú ponte eso y los dos tendremos nuestro regalo.

            Mati saca la prenda del interior de la caja, la observa con un ojo cerrado y vuelve con Stone.

            –¿Es mi talla?

            –Mmm, yo diría que no. La idea es que te quede... ajustado.

            –Cabrón –se ríe Mati y se escurre hacia el dormitorio.

            –Sí, la verdad es que sí –sonríe Stone para sí mismo.

            Gato entra desde la cocina y se restriega contra la pierna del investigador. En la radio suena White Christmas de Bing Crosby. Stone se sirve una copa que apura con calma mientras mira por la ventana.

            –Tooom... –la voz se insinúa melosa–. Ya he envuelto tu regalooo.

            Stone se agacha, acaricia a Gato y sube el volumen de la radio. La voz de Crosby le sigue en su camino hacia el dormitorio. Abre la puerta y se asoma.

            –Nena –la voz del hombre ha cobrado una ronquera repentina–, acabas de conseguir que vuelva a amar la Navidad.

 

FIN.

jueves, 6 de enero de 2011

Tan negro y dulce como vuestros regalos de reyes


Como ocurre con toda promesa, la mía de colgar otro cuento por reyes se ha convertido en deuda, y no queda otra que saldarla. Eso sí, en vez de agradecérselo a Sus Majestades de Oriente, soy más partidario de darle las gracias a sus camellos, que para eso fueron los que les consiguieron el incienso y la mirra.
Se trata de un texto bastante…peculiar, como ya ocurría con el que apareció junto al cadáver de Santa Claus, pues combinan personajes de Tristante y salem, por lo que, sobre todo en el caso de este último, están plagados de guiños y referencias intertextuales que, de no conocer  las novelas de esos dos tipejos, a buen seguro os pasarán desapercibidos.
Así que, ya sabéis, si habéis sido malos, y los reyes no os han traído nada más que disgustos, mañana os pasáis por una librería y os hacéis con alguno de sus libros, que a buen seguro os encandilarán tanto como a mí, y si no…al menos hacen juego con el carbón  que os dejaron Sus Majestades.


Yo también puedo escribir un jodido crossover literario 

Para Salem, para que siga embrujándonos con su frescura y originalidad, sus novelas y su compañía.

Leía y releía los datos del sumario, pero todo seguía del revés, como esos personajes de dibujos animados a los que cogen de los pies para sacudirlos y sacarles la pasta. Sin embargo, alguna ingenua neurona  de las pocas que me quedaban me decía que ese puto galimatías que era el Misterio de la Casa Aranda no era un total desconocido para mí, que alguna atrevida superviviente del neurogenocidio al que había sometido a mi cerebro,  tras compartir mil y una noches con JB en vez de Sherezade , sabía algo del tema. Y tenía claro lo que debía hacer para ahuyentar al bueno de Alzheimer y acelerar el proceso de recuperación de archivos de mi viejo y malogrado disco duro.
 Tenía que ir a un sex-shop.
Así es que levanté la vista del papel, guardé los folios desparramados por el escritorio en la carpeta, y me dispuse a abandonar mi triste oficina de inspector de policía venido a menos, cuando, inesperadamente, la puerta se abrió y alguien se coló tras ella, sin pedir permiso ni dar los buenos días.
Un tío de unos sesenta años mal disimulados, todo rayos uva y bisturí, que se ocultaba tras un bigote  a juego con su pelo, ambos rubios cantosos, ambos de pega. Un viejo aspirante a Mortadelo, que ocultaba sus vergüenzas tras un traje blanco pero que a mí, que  tengo un máster en disfraces comprados en los chinos de la esquina, no me engañó ni por asomo.
-Quiero poner una denuncia –dijo por todo saludo.
-Encantado de conocerle – respondí sentándome sobre mi mesa, pero sin hacer ningún gesto con el que invitarle a que hiciera lo propio sobre alguna de las incómodas sillas de Ikea que Jefatura había comprado para adornar mi zulo y asegurarse de que mis invitados no lo fueran por mucho tiempo.
-Quiero denunciar a este cabrón, por amenazarme e incitar a las masas al magnicidio.
Para evitar que el viejo espantapájaros siguiera   disparando acusaciones y palabras  grandilocuentes levanté una mano y finalmente decidí invitarle a sentarse con otro movimiento. Mi visita a la cabina del sex-shop  tendría que esperar.
-A ver, como dijo Jack el Destripador, vayamos por partes- interpelé, en un intento por suavizar la situación a base de chiste prefabricado -. Quién es usted y de qué coño me habla.
-Mi nombre es…. Octavio Rincón y quería denunciar a este  escritor de medio pelo por amenazar al rey e intentar asesinarlo en una novelucha  de kiosko –respondió el rubio de palo mientras dejaba encima de la mesa un libro titulado Pero sigo siendo el rey, de un tal Carlos Salem.
Pero en cuanto vi el nombre del autor y le di un repaso a su indumentaria todo encajó en mi cabeza sin necesidad de pornografía.
- Yo pensaba que había dicho que el amenazado era usted- le pinché, tras haberme dado cuenta de su lapsus  linguae.
El interpelado, empezó a removerse incómodo en su pequeña prisión de bricolaje sueco.
- Esto….¿he dicho eso? En realidad quería decir amenazar a su Majestad. Hasta dónde va a llegar este país, que ya no respeta ni al héroe que lo sacó de la dictadura.
Otro gesto mío  interrumpió su vomitivo discurso patriótico.
-Bueno, señor…. Rincón-  dije con un teatral titubeo.- Debo informarle de que este no es el lugar apropiado para este tipo de menesteres, si usted quiere poner una denuncia será mejor que vaya ahí enfrente y hable con Meléndez.
-Ya es la segunda vez que me marean en esta puta comisaría. Ustedes no saben con quién están tratando…. como esto siga así voy a llamar a una empresa mucho más eficaz que la vuestra….
Tras debatir un momento conmigo mismo decidí que sí, que el tío se lo merecía por cansino, mentiroso y gilipollas, de modo que, tras situarme a su lado mientras él seguía  lloriqueando procedí a romperle la nariz con un derechazo del que habrían estado orgullosos desde el Trini hasta Roberto Esteban y el mismísimo Toni Romano.
Y mientras el sorprendido y aún más lloriqueante sesentón, que por la inercia de mi puñetazo había perdido la peluca, el bigote y miles de euros en cirugía plástica, recuperaba el aliento, sentencié:
-Esta es la propina por sus injurias, por amenazar a un inspector de policía y por intentar entorpecer a la justicia. Y en cuanto a lo de que no sabemos quién es usted, pues la verdad es que no engañaría ni a Rompetechos con ese disfraz. Porque no me ha costado nada reconocerle…es un ex-portero de fútbol metido a cantante, el  patriarca de una dinastía de jode-tímpanos.
Y el renqueante viejo, desprovisto de la dignidad que su disfraz le confería, abandonó la estancia dejando un reguero de sangre que me preocupó más por el hecho de que  no sabía cuanto tiempo tardarían en limpiar que por haber sido yo el causante del mismo.
El muy cabrón había intentado colármela.  Pensaba que iba a lograr que empapeláramos a Salem con la excusa de que su tercera novela utilizaba como personaje a su Majestad Don Juan Carlos. Pero la verdad tras el discurso era que lo que realmente le jodía era que en su primera obra había especulado con que un par de personajes intentaban matar al puto viejo por destrozar los tangos de Gardel.
 Sin embargo, se le había visto el plumero, y no tanto por mis increíbles dotes deductivas, sino porque  yo mismo, que también aparecía como personaje, ya había intentado sin éxito la misma estratagema y, de inmediato,  había sido bloqueada desde arriba por una mano negra. No en vano, se decía por ahí que del éxito de la novela  dependía mucho más que el futuro de un escritor hispano-argentino y el de una pequeña y atrevida editorial. Que de las ventas de ese libro, que había hecho que miles de españoles recuperasen la simpatía por un estamento impuesto  y caduco, dependía el futuro de la monarquía española.
No sabía qué habría de cierto en tales habladurías, pero sí me percaté de la velada amenaza del viejo, por lo que decidí poner protección a Salem por si acaso algún secuaz de “la empresa” decidía hacerse cargo del trabajo. Y crucé mentalmente los dedos para que Juanito se hubiese retirado como me prometió.
-¿Ros? Aquí Arregui.  Quiero que mandes a dos policías de paisano para que vigilen la casa de Salem. … Sí, otra vez. No, ahora no es porque me apetezca pincharle el teléfono. Ah, y encárgate tú del caso Aranda que yo me voy de vacaciones. Y saluda a Lucía y María de mi parte. Hasta luego.
Y tras colgar, me dirigí presuroso a casa, donde supuse que Claudia me esperaría tras resucitar de la tumba de papel y tinta en la que el hijo puta de Salem la había metido. En ese momento, recordé cuando, hacía poco menos de un año, furioso tras enterarme de que ella era asesinada en sus libros, intenté joder al escritor. Mas, como el muy cabrón tenía agarraderas, y no pude enchironarlo, me di el placer de pasarme por su casa y romperle la nariz.
 Me quedé tranquilo al saber que Ros, un inspector murciano que llevaba poco tiempo en Madrid pero que ya había demostrado su valía en el caso Médici, se encargaría del tema de los Aranda. Estaba seguro de que él sabría como resolverlo.
Y para acabar de sorprender a Claudia, para descansar y recuperar el tiempo perdido, reservé sitio en el camping nudista al que acudimos en nuestra atípica luna de miel, con la esperanza  de que el viaje me ayudaría a olvidarme de escritores  criminales, cantantes trasnochados y casas  encantadas.
  Mientras cerraba la puerta de mi despacho, no pude evitar preguntarme si sería cierto que la monarquía española dependía de Salem porque, de ser así, como solía decir mi alter ego literario, entonces podía darse por jodida

sábado, 25 de diciembre de 2010

Réquiem por un ladrón obeso

Esta mañana, he amanecido antes de la cuenta, merced a un ruido procedente del salón.
Tras quitarme las legañas matinales de rigor, agarré el regalo que mis precavidos progenitores me habían entregado ayer mismo, con motivo de la celebración del vigésimo cuarto aniversario del día en que le jodí la nochebuena a mi madre viniendo al mundo (Lo siento mamá, prometo no volver a hacerlo).
Al llegar a la sala, me topé de bruces con un tipo gordo y barbado, que parecía haberse colado por la chimenea, y sin pensármelo dos veces, me dispuse a estrenar mi nuevo juguetito, por aquello del allanamiento de morada y preservar las buenas costumbres, poniendo su hasta entonces impoluto traje verde, todo perdido de sangre.
Demasiado tarde, recordé que Santa Claus sólo viste de rojo en los anuncios de coca-cola.
¡Quién les manda a mis padres regalarme una recortada de cumpleaños!
Yo no la pedí, lo juro, Señoría.

Así pues, en memoria del bueno de Santa, y todos aquellos que hacéis posible este loco loco proyecto (mis padres, Raúl, Joe, Mila, Jero, José, Peter, Guillermo, Elena,  Amparo, Cris Marple, Luis, Lourdes  y un largo etcétera)    aquí os dejo mi humilde presente: un  breve crossover, un pastiche, que escribí en honor de mi buen amigo Tristante, hace cosa de año y medio, mezclando algunos  de sus personajes con los de otros autores también muy queridos para mí, que he retocado especialmente para vosotros.
 Si os gusta, y sois malos, tengo alguno más, podéis pedírselo a los reyes.
Muchas gracias a todos, y ¡Felices fiestas!



Algo personal


Para Jero, escritor genial, gran persona y mejor amigo, porque el orden de los factores no altera el producto.


Era tarde, demasiado tarde, para que en Leganitos hubiera gente pendiente del panel de monitores  que mostraban la sala de interrogatorios.
 La gran diversidad de pantallas disponibles, hacían que el espectador se sintiera como en una suerte de reality show de los años 20, en el que  existían muchas perspectivas de todo lo que allí ocurría, pero sólo podían verse en blanco y negro y sin sonido.
 Un sistema, que acababa de ser implantado en numerosas comisarías de España, y volvía a poner de manifiesto uno de los muchos problemas de nuestro país: la obsesión de la administración por dar una imagen de modernidad, sin pararse antes a analizar si la nueva propuesta era algo realmente positivo, o si, como solía ocurrir, era una chapuza, un nuevo paso atrás disfrazado de avance tecnológico.
Y eso, a Chema Arregui, le tocaba muy mucho los cojones.
 No podía entender porqué  habían quitado los famosos espejos falsos, si eran mucho más efectivos, a pesar de que, obviamente, ya no engañaban a nadie, después de aparecer en todas las americanadas que inundaban la televisión y el cine, pero que, al menos, permitían escuchar lo que ocurría dentro de la sala, sin apabullar al interrogado con más de un poli apretándole las tuercas.
 Y lo que allí podía verse, era todo un espectáculo. Mudo, pero espectáculo al fin y al cabo.
  Allí estaba el nuevo, el inspector Ros, un tipo alto y espigado, de unos cuarenta años, recién llegado desde Murcia, y que, por lo que se comentaba por ahí, tenía mucho futuro en la profesión.
 Como el propio Arregui había podido constatar, se trataba de un hombre peculiar, afable, firme defensor de  los nuevos métodos de investigación, que había sido destinado a Madrid, tras destacar en su ciudad natal por haber conseguido esclarecer el intrincado caso del chico de la katana.
 Un chaval que, de buenas a primeras, se había lanzado a dar mandobles a diestro y siniestro por la capital levantina, siguiendo un complicado patrón. Y fue él el que se dio cuenta de que, en realidad, era una venganza contra las familias de todos aquellos compañeros de colegio que le habían hecho la vida imposible durante años. Una revancha ante un claro caso de lo que los expertos llaman bullying, un anglicismo con el que se designa algo que ha venido ocurriendo en el ámbito escolar desde el principio de los tiempos, el clásico panoli centro de todas las burlas. Pero en esta ocasión, el pringao no se había olvidado del tema y ese odio había ido aumentando y solidificándose como cubitos de hielo, hasta derivar en un macabro plan de venganza que estuvo a punto de tener éxito. De hecho, sólo tres de las ocho familias que el desequilibrado adolescente había situado en su punto de mira, habían conseguido salvar la vida. Y todo había sido gracias a Ros o, como él mismo  insistía en que le llamaran, Victor Ros IV.
 Y es que, según le había explicado a Arregui, Ros venía de una larga estirpe de brillantes policías, iniciada a finales del siglo XIX con el bisabuelo del murciano, una especie de Sherlock Holmes a la española, que había solucionado decenas de misterios aparentemente irresolubles y hasta sobrenaturales, empleando  el método hipotético-deductivo y las más avanzadas técnicas de la época.
 Y ahora, el bueno de Ros, inquieto por naturaleza, había decidido que, en sus horas libres, se  iba a dedicar a novelar, de la forma más amena y objetiva posible,  las increíbles aventuras de su bisabuelo, para publicarlas bajo el anodino e incomprensible pseudónimo de Jerónimo Tristante, a fin de que los lectores no pudieran pensar que lo allí escrito no eran más que las fantasías de un descendiente sin blanca, deseoso de ensalzar la figura de su excelso antepasado para hacer caja  .
Mientras Arregui hacía estas cavilaciones, la sala de interrogatorio se abrió, y unos oficiales arrastraron fuera al sospechoso, que parecía agotado, con la mandíbula casi desencajada y los ojos rojos de tanto llorar.
-No, por favor, no más- gritaba el esposado-. Ya he dicho todo lo que sabía.
Y tras él salió Ros diciendo:
-Vamo a terminá con er último testigo.
-¿De verdad crees que es necesario? Ya tenemos información más que suficiente para encontrar a los Medici.
-Sí, bueno. Pero éto é argo personá- y se volvió a introducir en la sala.
Instantes después, aparecieron otros dos oficiales, escoltando a un hombre  enjuto y bastante viejo, que no cesaba de proclamar a voz en grito:
-¡Voy a denunciaros por abuso de autoridad! ¡Conozco a mucha gente de arriba! ¿ o es que acaso se os ha olvidado con quién estáis hablando?
Y Arregui ya no pudo oír nada más, porque el pesado anciano había sido obligado a entrar en la insonorizada sala de interrogatorios.
Entonces, Arregui, inconscientemente, volvió sus ojos al panel lleno de monitores, donde pudo apreciar como Ros ya se encontraba sentado delante de una mesa de plástico, y el recién llegado tomaba asiento al otro lado. Y en pocos segundos, la boca del murciano se despegó para iniciar el interrogatorio.
Cinco minutos después, el pobre  anciano ya empezaba a presentar el mismo aspecto que todos los interrogados por Ros: mandíbula desencajada, brutales espasmos, que le hacían doblarse por la cintura, y unos enormes lagrimones  surcando sus arrugadas mejillas.
Para cualquier espectador que simplemente se encontrase con ese panorama, podría parecerle que los métodos de Ros eran cercanos a la tortura o, para ser más exactos, a la tortura china, porque como su compañero ya le había explicado, se trataba de una nueva técnica basada en la risoterapia extrema, que utilizaba un sin fin de chistes y bromas  que, junto al gracejo natural del murciano, lo hacían infalible.
Así es que poco extrañó a Arregui, que a los quince minutos de haber comenzado el proceso, de nuevo se abrieran las puertas de la sala y los oficiales salieran arrastrando al exánime y aún carcajeante anciano que iba canturreando entre dientes:
-Y cómo es el….y a qué dedica el tiempo libre….
Cuando el impasible inspector se dio la vuelta, se encontró, frente a frente, con el atípico interrogador, que salía triunfal y satisfecho.
-¿Y bien?
-Bueno, la verdá é que er gilipolla este, ha cantado tó lo que sabía….- dijo sonriendo irónicamente-. Esa puta cancioncilla…me traumatizó cuando todavía era un acho….
-Ya, si todavía seguía cantándola cuando salía…pero, ¿de verdad pensabas que te iba a revelar algo de utilidad?
-NO, pero era argo personá. Una venganza por ló malo’ rato’ que me hizo pasá er mú mamón- y sin más, desapareció por la puerta en dirección a la salida.
Y el siempre impávido Arregui, no pudo evitar una pequeña carcajada. Van a tener razón, pensó, este tío va a llegar muy lejos.  Y si no, siempre podrá hacerse humorista.