A lo largo de
la lectura de esta novela, reconozco que es una lectura que atrapa, tenía la
sensación de contemplar un fresco de final de la Edad Media o del Renacimiento,
en el que se describe el infierno lleno de condenados azuzados por los
demonios. También pensé en los capiteles de las columnas góticas de
determinados claustros en los que personajes grotescos se entrelazan y se
devoran.
Así que al
acabar me puse a reflexionar el porqué de tal sensación y creo que en el fondo
esta novela es profundamente moralista. Hay un pecado original cometido por una
adúltera, Isabel y un asesino Guillermo. El pecado de la mujer es castigado por
mediación de unos acólitos: Publio y Gabriel. Dos figuras de Demonios
exterminadores.
Del matrimonio
original de Isabel y Guillermo nacen dos criaturas: El Monstruo (Andrés) y el
Justiciero (Fernando). Entre los dos encarnaran los defectos y virtudes del
samurai. Son los dos personajes que blandirán la Catana.
Gabriel, el
acólito asesino, tiene una hija, María, una abogada que sufrirá y se retorcerá
igual que los otros descendientes en las llamas del infierno azuzada por otro
demonio: Ramoneda.
Frente a ellos
hay una saga de inocentes arrastrados al infierno: Marcelo, Cesar, Marta y un testigo
del primer crimen. Personajes inocentes pero marcados por ese pecado original y
siguiendo la teoría de San Agustín marcados por la predestinación a la que éste
siempre nos aboca.
Y, si Cristo se
inmoló para redimirnos, en esta novela es necesaria la inmolación de María y de
Fernando para ofrecer a César y Marta una nueva oportunidad. Oportunidad que no
llegamos a verificar pues el autor nos la deja abierta, aunque después de su
paso por el infierno no cabe demasiado optimismo.
Analizando de
cerca los personajes que el autor entrelaza creo que podemos referirnos a casi
toda la imaginería religiosa de finales de la Edad Media y del Renacimiento que
asimila también fuentes mitológicas. Asociamos a Publio con el Basilisco,
representación mitológica con mirada asesina, no era posible mirarle a los
ojos, como a la cabeza de Medusa. Por otra parte, cabe también recordar las
múltiples representaciones de los jinetes de la Apocalipsis, el jinete de la
Muerte suele avanzar cabalgando con la espada desenvainada, acompañado de un
séquito de cadáveres. Asociación que podemos hacer con Andrés. Incluso podemos
remitirnos a las representaciones, del siglo XVI, en los que la Muerte es un
personaje masculino que asedia a una doncella, introduciendo la idea de concupiscencia.
Cabe asociar esta imagen a la descripción de Andrés y Marta encerrados en
aquella casa fantasmal.
Y volviendo a
los jinetes de la Apocalipsis, fijémonos en el jinete de la guerra, qué otra
cosa es Publio.
Por otra parte,
también podríamos referirnos a las imágenes de la Danza de la Muerte, a las
representaciones teatrales medievales de la danza Macabra, danza en la que
estaban representados los vivos y los muertos. Estas danzas tenían una
intención moralizadora y eran un retrato sarcástico de determinadas conductas,
acusando claramente a los que detentaban el poder. ¿Qué otra cosa hace esta
novela?
En definitiva,
creo que toda mi reflexión puede resumirse en la idea de que cuando hay tanto
malo, tanto demonio y tantas llamas del infierno, el fresco que resulta es del
género grotesco, del esperpento, con acusados rasgos de angustia y crueldad.
Hay un grado de artificio, de estilización que resulta exagerado.
El autor, sin
embargo, parece querer fijar su historia en la realidad enmarcándola en dos periodos
claros, la posguerra y el golpe del 23 F , pero, en mi opinión, en la lectura de la
novela esa realidad histórica no le confiere mayor realismo a la historia,
domina más, a lo largo de la lectura, el fresco medieval y renacentista
moralizante. Incluso si queremos irnos a una representación más moderna nos
tendríamos que ir al expresionismo de Grosz, a sus caricaturas de la época de
la ascensión de Hitler al poder, aunque en esas caricaturas no está la idea de
crimen, castigo y redención que está en la novela.

