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domingo, 23 de febrero de 2020

Commemoración del 8 M con Anna María Villalonga y La sonrisa de Darwin



Por Sergio Vera Valencia, coordinador de las Casas Ahorcadas.

La mayoría de títulos que se publican hoy en día, sean negros, rosas o amarillos, son cada vez menos literarios. En su afán por competir con Netflix, Facebook y la Playstation, muchas de las novedades que llegan a nuestras librerías, especialmente muchas de las novelas negras que en realidad son thrillers, tratan de mantenernos pegados a sus páginas empleando un estilo cinematográfico y un ritmo trepidante, reemplazando emoción por acción y empatía por psicopatía,  intentando rizar cada vez más el rizo con protagonistas que en su pretensión de ser originales y llamativos resultan todos iguales y de cartón piedra, tramas imposibles con más giros que páginas y más páginas que la Biblia que se leen tan rápido como se olvidan, haciendo que perlas negras como La sonrisa de Darwin desgraciadamente pasen sin pena ni gloria por las estanterías.
 Max no entiende cómo ha terminado convirtiéndose en un vagabundo viejo y enfermo que (sobre)vive por las calles de Barcelona con la única compañía de un perro. Un cruce de Golden Retriever más humano que la mayor parte de humanos, tan evolucionado que decidió llamarlo Darwin.
 Noemí es una chica pelirroja y gris que después de descubrir el oscuro secreto de su padre intenta purgar la culpa con una existencia monótona y solitaria, mirando la vida pasar desde las ventanas de la gestoría donde trabaja, prefiriendo refugiarse tras las páginas de sus libros que tomar las riendas de su propia   historia.
Iván es un joven obsesivo e   intransigente que tras ser abandonado por su padre odia a todo y a todos, volcando su frustración y agresividad en el gimnasio y los videojuegos.
 
Y un día, el destino de estos tres tristes grises quedará unido para siempre por el crimen y la fatalidad, tejiendo una breve y conmovedora novela de personajes que demuestra que, en manos de una virtuosa del lenguaje como la profesora e investigadora de Filología de la Universidad de Barcelona Anna María Villalonga, ganadora del Premio Valencia Negra por La mujer de gris, una palabra vale más que mil imágenes. Un libro que hará que no vuelvas a ver de la misma forma a los mendigos que te cruzas a diario, porque quizá nunca antes te habías parado a mirarlos. Un sentido canto de amor al mejor amigo del hombre, que pone de relieve que los verdaderos hijos de perra no van a cuatro patas. Una magistral pieza de orfebrería literaria que terminarás en un suspiro y entre suspiros, cuyo desgarrador e inolvidable desenlace te dejará con el corazón en un puño y los ojos surcados de lágrimas.
Por todo esto y mucho más, La sonrisa de Darwin fue mi novela favorita de las más de noventa que leí el año pasado, y seas quién seas y cómo seas, tengas 14 o 100 años, te guste o no leer, creo sinceramente que este libro es para ti o para regalar a los que más quieres.
Y para conmemorar el 8 de marzo, la presentación de La sonrisa de Darwin comenzará con una charla sobre las grandes sospechosas del crimen literario de nuestro país, a cargo de la propia Anna María Villalonga, una de las mayores expertas en el tema, que ha coordinado antologías como Ellas también matan y participado en el proyecto MUNCE (MUjer y Novela Criminal Española).
Por todo esto y mucho más, las Casas Ahorcadas se complacen en invitarte a celebrar con Anna María Villalonga y La sonrisa de Darwin el Día de la Mujer, el 6 de marzo a las 19 h en el Salón de Actos de la Biblioteca Municipal de Cuenca.

lunes, 25 de noviembre de 2019

UN TRÁILER DE EN BLANCO Y NEGRO


 
 
Sacó una fotografía y me la tendió con pulso firme. La analicé con aire competente. Se trataba del retrato, en satinado blanco y negro, de una bella mujer de suaves y delicadas facciones. Su boca carnosa era una incitación al pecado. Los pómulos bordeaban un rostro afilado e incitaban a tocarlo, a perfilar la línea con la punta de los dedos. La mirada altiva, de color indefinido, helaba la sangre incluso a través del papel baritado. Era como un ser supremo e inalcanzable, como una de esas fogosas divas que posan en las revistas de cine como si fueran maniquíes en un escaparate, luciendo su belleza espectacular y despertando la envidia, el deseo y la lujuria de quienes las admiran.

―¿Su hija?

―Mi mujer ―afirmó con arrogancia.

Sentí que me atragantaba al contemplar la foto que, en ese instante, era como una reliquia sagrada, como una postal con la efigie de una diosa de carne y hueso, tan real como el hombre que tenía delante exudando poder. Sí, poder. Porque él la había poseído. Y eso lo henchía del poder que da el sentirse dueño de alguien.

―Es bellísima.

―Lo es.

―¿Se dedica al negocio del cine?

―No, pero podría, ¿verdad? ―Asentí, admirada. Fue curioso, no podía acertar el color exacto del cabello, pero casi podía entrever su textura sedosa―. Creo... estoy seguro de que me engaña.

(…)

Él tomó un sorbo y se aferró al vaso como un náufrago a la tabla de salvación.

—Tómese el tiempo que necesite.

―Estoy bien. Es que busco las palabras adecuadas para que pueda entenderme. ―Me cayó mal aquel tío―. No me malinterprete. Una mujer no comprende lo que siente un hombre cuando su esposa lo engaña.

―Ya, apuesto que no es lo mismo que cuando sucede al revés.

―Exactamente, no lo es. ―¿He dicho que me caía mal?

(...)

—En caso de que eso fuera cierto, su esposa no es tonta como para...

—Mi mujer es tan guapa como tonta —me interrumpió—. Y es muy guapa, como ha visto usted. Ella vive en un mundo paralelo. Le prometes la luna y espera que se la entregues envuelta en papel celofán y con un lazo rosa.

No objeté nada, pero Violet Grant tenía cara de todo menos de tonta.

Hizo una pausa cargada de significado.

—No entiendo qué la empuja a sus brazos. Conmigo lo tiene todo.

Todo no, cavilé, le faltaba lo principal: su respeto.

―¿Cómo sabe tantas cosas de Besson?

―Tengo mis métodos.

Otra vez se mostró esquivo, pero insistí. Tuve la intuición de que mi cliente era proclive a expresarse con las manos y quise probarlo.

―Si yo fuera un hombre, ¿me lo diría? ―Asintió a regañadientes―. Pues imagine que soy el señor Bladovich. Al fin y al cabo, él leerá mis notas.

―Mi mujer me lo ha explicado. ―Dejó el vaso sobre la mesa―. Ayer tuve una charla con ella, ya sabe.

Cerró el puño izquierdo e hizo girar su alianza. Vi unos rasguños superficiales en los nudillos y la marca encarnada provocada por la ausencia de otro anillo. La verdad, no me gustaría charlar con él, tenía pinta de acabar llevando siempre la razón.

Por enésima vez, miré la imagen de Violet Grant. La compadecí. Su belleza la había convertido en un objeto decorativo, en una posesión. La razón que la había empujado a aceptar esa vida quedaba fuera del alcance de mi lógica. Una chica que podía tenerlo todo con chasquear los dedos... Clavé los ojos en sus ojos grises y ya no me pareció tan altiva ni tan ardiente, al menos no la clase de ardor que había interpretado momentos antes. En aquella mirada de papel satinado había tristeza, vacío, angustia. Y una necesidad vital de afirmar con rotundidad que no pertenecía a nadie más que a sí misma