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martes, 31 de mayo de 2016

UN FIN DE SEMANA PARA RECORDAR



Tranquilidad. No pienso hablar de fútbol. Este blog es negro, no blanco. Así que, esta entrada será de roja directa, porque no va a tocar balón… aunque vaya a tratar de Madrid.

Sobre la Feria del libro de Madrid.

Pero antes, rebobinemos: en nuestro último encuentro criminal, Víctor del Árbol me comentó que iría a firmar a la feria el primer fin de semana,  para ver si podíamos vernos allí. Y como aunque servidor esté parado desde el 1 de Mayo (sí sí, desde el día del trabajo, tiene cojones la cosa), no se quedará quieto mientras las piernas le respondan, aproveché la excusa para pasar un fin de semana por la capital en la casa de mi hermano Manzano. Un fin de semana, que como casi todos los que paso por el Foro, ha sido de lo más apretado. Para haceros una idea, ahí tenéis un resumen.

Viernes, 27 de mayo. Llego a Atocha a las 15: 10. Después de abrazar a Manzano y calzarle mi mochila con más libros que ropas, salimos a todo trapo en busca del restaurante donde nos espera Carlos Bassas a medio comer, porque su tren sale a las 17:30.

Yo que pensaba ponerme hasta las trancas de calamares, resulta que los primeros platos del menú son una mierda…. Y que no hay calamares. Me entra complejo de cateto a babor. Para disimular y hacerme el viajado, me pido un arroz tres delicias. Con dos cojones y más hambre que los pavos de Manolo. Un arroz tres delicias, que hace honor a su nombre, tiene montones de arroz y tres delicias contadas. Por qué no me traería la gallina bajo el brazo como Paco Martínez Soria?

Suerte que la conversación compensa la pitanza.

Y que el churrasco de segundo era cojonudo.

De repente, Bassas sale corriendo porque pierde un tren que sale una hora más tarde (aunque estamos a cinco minutos de la estación y se supone que está cojo). Con lo que me jode que me dejen a media comida….

Suerte que antes del café, su lugar lo ocupa (y mucho mejor, todo sea dicho) la simpatiquísima Yanet Acosta (que se ganó al camarero desde el minuto cero).

Y entre risas, novelas, consejos doctorales y amorosos, se nos hicieron las 19.30. Así que decidimos dejar la feria del libro para el domingo.

Porque el sábado por la mañana…. teníamos una cita.


 Teníamos una cita con el gran PGarcía.

PGarcía, para los que no estén aburridos de escucharme hablar de él (o sea, para los que no me conozcan), es el creador del mítico Gay Flower, un detective megafriki y ultrabizarro nacido hace nada menos que 40 años. Una serie que parodia los grandes sabuesos del hard-boiled americano que llegó a publicar seis entregas en la todopoderosa editorial Planeta a principios de los 80, pero que hoy en día ha sido olvidada por casi todos.

Pues bien, con cinco años de retraso (porque las preguntas llevaban preparadas desde el 2011) Manzano y yo acudimos a su casa el sábado por la mañana para entrevistarlo para Fiatlux…. ¡con mis seis libros de Gay Flower y una camiseta de las Ahorcadas!

Y aunque las expectativas eran altas (porque ya había hablado con PGarcía por teléfono y lo tenía en un pedestal), la charla las superó con creces.


 Fueron cerca de tres horas de hablar de lo humano y lo divino, de humor y novela negra, de agujeros negros (espaciales, no vayáis a pensar tan mal como yo), de religión, de política y hasta del Big Bang y la emotividad de las palabras. Todo un pozo de sabiduría y una impagable lección de inquietud intelectual (a pesar de sus 84 primaveras, el padre de Flower sigue al pie del cañón, estudiando y escribiendo más de cinco horas al día). Vamos, que si me estás leyendo, de muy mayor, me gustaría ser la mitad de joven que tú, Pe.

Ojalá puedas visitarnos el curso que viene, para demostrarlo.

Por la tarde, después de una paella para enmarcar…..interrumpimos la información, porque hubo fútbol, y ya dijimos que aquí no íbamos a hablar de fútbol.

Y el domingo, al fin, fuimos al Retiro.

Llevaba cuatro años sin pisar la feria del libro. Desde el día en que conocí a Víctor, allá por junio de 2012, cuando le propuse por primera vez que viniera a Cuenca. En aquel entonces, como él mismo reconoció, apenas firmó un par de ejemplares en toda la mañana. Por eso fue tan emocionante, que ahora nos confesara con satisfacción que a pesar de la lluvia y el partido, la tarde anterior había dedicado más de cien ejemplares.

Tras abrazarlo, felices de verlo feliz, Manzano y moi, pusimos rumbo a la caseta donde según había escuchado en la radio por casualidad, firmaba ejemplares Joel Dicker, que curiosamente, PGarcía había mencionado el día anterior, cuando dijo que La verdad sobre el caso Harry Quebert era la peor novela negra de la Historia.

Cuando estábamos a punto de llegar a la susodicha caseta, más que nada por si sonaba la flauta y podía llevarle un ejemplar firmado a Amparo, va precisamente Amparo y me llama para decirme que otro escritor que me gusta (un maestro llamado César Bona ) estaba en la caseta 157…..que precisamente era la misma de Joel Dicker.


Pero claro, tal y como esperábamos, la cola de Dicker era tamaño Nacho Vidal, y solo fui a que me firmara Bona. Cuando ya nos íbamos, Manzano me pregunta si no quería también el nuevo libro de Dicker. Yo le contesto que sí, pero que no estaba dispuesto a hacer esa cola (que daba la vuelta a la caseta). Entonces, va la dependienta y me dice que si quiero ella me lo trae dedicado.

Y así es como, por un cúmulo de casualidades (que yo escuchara la radio, que Amparo me llamase y que Manzano me preguntase si quería el libro de Dicker) conseguí dos ejemplares firmados del suizo por mi cara bonita.

Si lo llego a saber que era tan efectiva, no me mato a estudiar estos once años…

Cuando ya nos marchábamos, vimos a Leonardo Padura….solo. No había nadie. La caseta de Máster chef a reventar, Víctor Manuel sin parar de firmar y el último Premio príncipe de Asturias más solo que la una. Total, que allá que nos fuimos. Y allá que me compré otros dos libros, dejándome una sonrisa en la boca y un agujero en la cartera (más de 110 euros en apenas una hora).

Para no caer más en la tentación, le pedí a Manzano que saliéramos a toda prisa del recinto, y que no me dijera quien estaba firmando a menos que fuesen cheques en blanco. Que esto de los libros es una de las drogas más caras que hay.

Pero bueno, sarna con gusto no pica. Y no todos los días puedes hacerte con la firma de un superventas suizo y un superautor cubano.

Para poner el broche final a mi excursión y quitarme la espinita del viernes, hicimos una parada en “Brillante” para comernos un bocadillo de calamares a toda prisa (eso sí que es comida rápida, y no lo del MacDonald, porque en menos de quince minutos habíamos pedido, nos habían servido y nos lo habíamos zampado) y a las 15.10, exactamente dos días después de mi llegada entré por la puerta de Atocha rumbo a Cuenca.

Había sido un fin de semana breve pero intensísimo, repleto de grandes momentos, que muchos recordarán por el penalti de Juan Fran y el gol de Sergio Ramos, pero que yo no olvidaré gracias a PGarcía, Joel Dicker y Javier Manzano.

Gracias, hermano.

domingo, 21 de febrero de 2016

EL REY DE LAS AHORCADAS, EN DIRECTO


¿Cómo? ¿Que no pudiste asistir a la presentación de Carlos Bassas?

Pues vete buscando otra excusa (que no sea que te duele la cabeza, que esa está muy oída), porque aquí tienes el acto, íntegro, editado y remasterizado por el hermano Don Javier “DJ” Manzano.



Y la escucha merece muy mucho la pena.

Porque el viernes, Carlos Bassas no fue del rey, fue el rey.


Inspirado como nunca,  interesante como siempre, Inmenso.

Pese a llevar en pie desde primera hora de la mañana, de haberse cruzado media España en tren, y media Cuenca sobre muletas, el rey estuvo imparable.

Será que las malas lenguas tienen razón, y que tras pasar tantos meses a cuatro patas (dos de carne, dos de plástico), el rey estaba deseando mirar para Cuenca.

Por eso, no es de extrañar que el evento fuera un éxito, y que faltaran ejemplares

Menos mal que de tanto darle a la muleta, el rey había echado músculo, porque si no, la firma podría haber sido la última.


Pero no contento con eso, cuando bien entrada la noche tomamos “el bus” hacia la madrugada, el rey aún tuvo fuerzas para inventar el próximo baile del verano…

El minusbaile.

Y para hacernos reír. Y para iluminarnos con su inabarcable sabiduría (que como todo el mundo sabe, cuando Google no encuentra algo, busca en la Bassaspedia), y para tocarnos la fibra.

Por eso, después de casi dos días juntos, compartiendo mesas y sobremesas, alegrías y penas, secretos y confidencias, despedir al rey esta mañana y echarlo de menos ha sido todo uno.

Aunque no fuera con un “adiós”, sino con un “hasta luego”.

O como dicen los samuráis y los Terminators: “sayonara, kioudai”.


sábado, 6 de febrero de 2016

El impagable arranque de “Siempre pagan los mismos”



  Antonio Falcón caminaba por el centro de la calle como si fuera suya: mentón arriba, pecho al frente y omóplatos atrás. Todo le pertenecía: aceras, pavés, casas, bancos, farolas y almas. Se lo había ganado a base de meter miedo y porque, desde su regreso, nadie en aquel rincón de Ofidia se había atrevido a plantarle cara.

El barrio de San Marcial estaba formado por viejas uvepeós de cemento pobre. El constructor debía de haber empleado un tercio del presupuesto en arreglarse los baños de casa, y algún concejal se había comprado el anhelado pisito en Salou gracias a otro tanto. Todas las fachadas eran la misma. Las diferencias iban por dentro, tanto de las casas, como de sus habitantes. Algunas personas tienden siempre a sentirse minúsculas; otras, en cambio, se creen mejores de lo que son y han elevado ese arte a la categoría de alta cocina.

Falcón era de los últimos. Había nacido en aquel barrio y lo conocía muy bien, todas sus virtudes, que eran pocas, y sus miserias, que tampoco eran muchas. Se detuvo frente a una pequeña tienda, una colonial llena hasta arriba de todo menos de futuro. “Ultramarinos Señor Manel”, para qué más.

El señor Manel hacía equilibrios tras el mostrador sobre un taburete de anea. A ratos se balanceaba únicamente sobre las dos patas traseras, los pies firmes en los travesaños; y cuando se sentía atrevido, incluso temerario, dejaba que todo su mundo se sustentara sobre una única extremidad.

Era un tipo de cara triste, el señor Manel. Por lo que le había tocado vivir y porque la genética es así de cabrona a veces. Hacía tiempo que la piel del rostro se le había escurrido y estaba manchada de herrumbre. A pesar de todo, conservaba cierto aire de nobleza perdida; de conde, de duque o incluso de archiduque arruinado en algún lejano casino de la Costa Azul.

Al ver aquella silueta detenerse frente a su pequeño comercio, cada rincón de su cuerpo se revolvió, enfurruñó el ceño y su frente se convirtió en un campo recién labrado. No hace falta ser un tío grande para intimidar; de hecho, Antonio Falcón era todo lo contrario, así que se había procurado puños como martillos pilones para compensar.

Se plantó frente al señor Manel y echó un vistazo alrededor, aunque conocía la tienda al dedillo. «Es sorprendente la cantidad de metros cúbicos de mala baba que caben dentro de un cuerpo tan pequeño», pensó el comerciante.

—Deberías invertir algo más en tu negocio, que los chinos os están comiendo la calle.

El señor Manel le aguantó la mirada:

—Chinos, moros, indios, paquis o españoles, cabrones los hay en todas partes.

Falcón esbozó media sonrisa. El viejo tenía toda la razón:

—Al menos a los de aquí se os entiende, y uno, pues se hace entender —replicó—. ¿Tienes lo mío?

Las fuerzas que tanto le habían costado reunir al señor Manel para enfrentarlo volaron de golpe. Bastaron aquellas tres palabras; un bolero. Negó con la cabeza y expuso el cogote. Cuando un hombre mira al suelo, su derrota es absoluta, y Falcón lo sabía. El viejo esperaba la vizcaína.

—La cosa está mal —susurró mientras contraía los hombros y el alma—. Apenas llego.

—Pues la próxima vez no votes a un gobierno de rojos y de maricones —le espetó Falcón—. Os prometen el oro y el moro y luego rien de rien. Pero los de izquierdas ahí, erre que erre, tragando como gilipollas mientras el politburó y los sindicatos se os forran en la cara.

El señor Manel permaneció en silencio y, sin motivo alguno, recordó la lección magistral que le había impartido un viejo camarada del Pecé hacía mucho tiempo; debía de intuir que la vida no le iba a durar y recorría al pasado: «Si encierras a cuatro comunistas en una habitación, se habrán escindido en dos facciones a la hora, y, pasadas dos, en cuatro partidos». «Aquel hombre tenía más razón que un santo», se dijo; y le recordó por qué había echado su militancia por el váter.

—Yo también soy un empresario, y ambos sabemos que en cualquier negocio, la imagen lo es todo —continuó el tipo que tenía plantado enfrente como si dictara la lección—. Cosa de reputación, ¿sabes lo que te digo?

El tendero se lo sabía al dedillo.

—Así es la vida, viejo: o jodes o te joden. Y a mí no me gusta que me den por culo, ya ves —concluyó Falcón.

Ambos permanecieron en silencio durante un rato imposible de precisar. Lo que para unos es un segundo, para otros dura la eternidad. Falcón agarró al señor Manel por la solapa de su bata azul, la que siempre vestía dentro del colmado, sacó la pistola que llevaba encajada en la trasera del cinturón, la sujetó por la corredera y lo golpeó en la cabeza. Un único mazazo con la culata y el cráneo se le resquebrajó como cristal bajo el cuero cabelludo.

El viejo cayó de bruces sobre el mostrador mientras la sangre teñía su pelambrera ceniza. No había perdido ni una hebra con el tiempo. Falcón se apartó, los ojos fijos en el pecho. Dos gotas de sangre le habían alcanzado la camisa.

—Me cago en la puta de Christian Dior.

Limpió el arma en la bata y la devolvió al cinto. Después, apartó el cuerpo a un lado y abrió la registradora. Poca cosa. Cogió el botín y se lo metió en un bolsillo mientras izaba el puente levadizo que daba acceso a la trastienda.

Al regresar, traía consigo una pequeña caja de caudales. Su mano tanteó la parte inferior del tablero de conglomerado y chapa hasta dar con una llave sujeta con cinta adhesiva:

—Veo que sigues siendo un animal de costumbres.

El cofre de lata estaba lleno de billetes de cincuenta.

—Los tíos como tú me dais asco —lanzó, aunque sabía que el señor Manel no lo escuchaba—. Venderíais a vuestra puta madre con tal de no soltar la pasta, y luego resulta que no tenéis ni media hostia.

Falcón regresó al otro lado del mostrador, agarró un paquete de clínex de una repisa, extrajo uno, ensalivó la esquina y salió de la tienda. Ni siquiera se molestó en comprobar si el viejo respiraba. Se limitó a cruzar la calle en dirección al bar que quedaba enfrente.

Avelino, el dueño, lo vio venir a través de uno de los ventanales:

—Hijo de la gran puta.

Falcón entró como el vendedor que va a premiarse con una copa tras el negocio cerrado. Un grupo de viejos jugaba al dominó ajeno al monótono claqué de sus fichas sobre la mesa. Ni siquiera lo miraron, y, mucho menos, se atrevieron a abrir la boca.

El Gordo era un local varado en los setenta con suelo picado de ajedrez, barra taraceada y paredes de color inclasificable. El nombre no respondía al tamaño de su dueño —aunque podría haberlo hecho perfectamente—, sino al único golpe de suerte que había tenido aquel barrio en toda su historia: un tercer premio en la Lotería de Navidad de 1971. El dinero llegó rápido y fácil y se gastó del mismo modo.

Avelino parecía cebado como una oca a punto para paté, hasta el extremo de que su enorme cabeza, esférica y pelada como una vieja bala de cañón, había quedado degradada a simple canica. Falcón se dejó caer en su taburete; cuando eres el rey, ya se sabe, tienes tu trono. Sobre aquel asiento de patas largas, sus pies se balanceaban en el aire como los de un crío.

El dueño terminó de secar el vaso que sostenía entre las manos y se acercó a regañadientes.

—Lo de siempre —le indicó Falcón sin levantar la vista de su camisa—. Y un sifón.

Avelino cogió una botella de coñac, un Peinado de cien años que el hombre se había hecho traer especialmente desde Tomelloso, y le sirvió un trago de club inglés. Después, se agachó, cogió una botella de soda y la dejó al lado. Falcón echó un chorro sobre un nuevo clínex y comenzó a frotarse la camisa.

El dueño del bar aprovechó para desaparecer por la puerta de la cocina y regresar al rato con un sobre y tufo a freidora. Lo depositó en la barra con la cara gacha y el orgullo herido. Falcón se lo metió en el bolsillo y, al levantar la vista, se fijó en los billetes de lotería sujetos a la pared por una pinza. Al lado, un cartel escrito a mano ponía: «Hay Lotería de Navidad». Y a su izquierda, en otro plastificado e impreso, podía leerse: «47.550. Tercer premio de la Lotería de Navidad de 1971. Vendido aquí».

—Dame uno de esos, no vaya a ser que a Dios le dé por cagar dos veces en el mismo sitio.

Todos giraron la cabeza al oír la sirena. La ambulancia apenas cabía en la calle, por lo que tuvo que subirse a la acera y avanzar de canto como en una película. El dueño del bar miró al tipo que tenía parado delante. Un solo instante, como había hecho el señor Manel, antes de agachar las orejas de nuevo.

Falcón apuró el coñac y brincó del taburete.

—Me haces trabajar, gordo —masculló, contrariado—. Y sabes que no me gusta trabajar.

Una vez en la calle, fue al encuentro de la ambulancia. En el momento en que uno de los sanitarios abría la puerta con más miedo porque le desvalijaran el vehículo que prisa, echó mano a la chaqueta, sacó la cartera y se identificó: subinspector Antonio Falcón, de la Policía Municipal.

miércoles, 27 de enero de 2016

Siempre pagan los mismos, Carlos Bassas.


Por Raquel Soler.

«Siempre pagan los mismos» ¿Cuántas veces hemos repetido esto? Demasiadas. Y la ciudad de Ofidia no se ve libre de esta tragedia.  Ofidia es una ciudad como otra cualquiera (aunque huele mucho a Pamplona), donde la corrupción manda y el poderoso se aprovecha del débil.  Pero en ocasiones, el débil se cansa de serlo. Por eso mismo nadie llora el asesinato de Falcon, un corrupto policía municipal que ha estado extorsionando a todo el barrio de San Miguel. Sin embargo, la muerte de un policía no es algo que pueda olvidarse y Herodoto Corominas, policía nacional, comienza a investigar.

Comienza a investigar a pesar de que su padre se está muriendo, a pesar de sus problemas de próstata, de que su mujer sea una comprometida activista contra los desahucios, a pesar de que su hijo adolescente lo ignore… Comienza a investigar porque es su trabajo y, ante todo, es otro “mandao” más.

La última novela de Carlos Bassas sorprende. No por el final, ni por lo intrincado de la trama  –de hecho, la identidad del asesino se desvela casi al principio– sino por la claridad con la que describe un ambiente que no nos es desconocido. Un mundo cruel, donde desde joven estás condicionado por tus circunstancias, donde la gente pierde lo que tiene y donde el activismo real, el de fuera del sofá, es algo ocasional y no la norma. Un mundo donde no hay héroes, pero tampoco villanos, donde el blanco y el negro se difuminan en una amplia gama de grises. Todo ello, narrado con un estilo muy visual y con unos diálogos brillantes, en algunas ocasiones casi filosóficos, que reflejan los orígenes como guionista del autor.

Y aunque siempre pagamos los mismos, su presentación será gratuita, y los libros tendrán descuento.

¿Cuándo? ¿Dónde? El 19 de Febrero a las 19 h en el salón  De actos de la Biblioteca Municipal.
Así que ven, Y compártelo. No tienes excusa.

 Hazlo…. O nos las pagarás.

Más información en el Cuartel General de las Casas Ahorcadas (casasahorcadas.blogspot.com).

domingo, 6 de diciembre de 2015

SUBSUELO de Marcelo Luján


Un pedazo de SUBSUELO ...



Un día, el día siguiente a la llamada, antes de la cena, recibió un sms. El número era sólo un número. No tenía nombre. Pero era Ramón. Aunque ella no lo supo hasta que leyó Perdona lo de anoche. Estaba enredando en su agenda y he marcado sin querer. Lo siento mucho. No volverá a pasar. Ramón. Y quiso responderle Eres un gilipollas. O mejor, Hostia puta, eres un subnormal de mierda. Pero no lo hizo. Ahora que empuja la silla de Fabián por el camino de tierra no lo recuerda pero en ese instante, después del primer arrebato, sintió pena. Y enseguida culpa. Y fue la primera vez que sintió pena porque culpa sentía todo el tiempo. Y casi todos lo sabían. Lo sabían sus padres y lo sabía la psicóloga y lo sabía su amiga Pepa y el que más lo sabía era Fabián. Esa noche hizo como que cenaba. Hizo como que estaba cansada. Apenas probó bocado y se acostó. Esa noche, su hermano intentó despertarla. Y en algún momento descubrió que ella había estado llorando: el contorno de los ojos, la almohada, el modo en que aparecía acurrucada debajo de las sábanas y el edredón. Puede que Fabián se haya preguntado el porqué. Puede que tras la inútil insistencia él haya soltado un insulto antes de marcharse. Puede que ni siquiera haya vuelto a taparla. Ni con las sábanas ni con el edredón. Puede que parte de la cintura de Eva haya quedado desnuda, con el elástico del pijama expandido por su cadera. Cualquiera de estos detalles serían irrelevantes de no ser porque esa noche, sin que ninguno de ellos lo supiera, los engranajes de la desgracia habían vuelto a ponerse en marcha.


No se lo dijo a nadie. Ni el episodio de la llamada perdida ni el sms del día siguiente. Ni a su madre ni mucho menos a su hermano. Ni siquiera a Pepa. Aunque Pepa le contara todo: vida y milagros de sus idilios y sus líos, siempre con pelos y señales, e insistiera, cuando se terciaba, en preguntarle con quién lo había hecho ella. Ahora que se han detenido entre la hierba alta del sendero y Fabián bebe agua a morro delante mismo del tronco que les impide continuar, no lo tiene presente pero a menudo maldice haberle dicho a Pepa que ya no era virgen. Maldice haberle dicho Con uno que no conoces ni vas a conocer porque no quiero verle más, porque se ha portado como un cabrón, y ya está. A menudo, Pepa le pregunta si ese chico es algún chico del instituto. Venga, hombre, suele decir Pepa. Y enseguida pregunta Es alguno de estos payasos, a que sí. A menudo, maldice tener que mentirle a su mejor amiga. Tener que decir Déjalo ya, Pepa. Que no me da la gana hablar de eso, coño. Pepa sabe del accidente lo que sabe todo el mundo. Sabe, porque esas cosas son fáciles de apreciar, el terror de la tragedia y las secuelas que enseña el después. Lo que queda y lo que se ve y lo que se percibe o intuye. Sabe lo que le contó Eva. Y lo que le contó su propia madre, que alguna vez habló del tema con Mabel. Sabe lo que sabe todo el instituto, desde la directora hasta el que limpia los retretes, es decir: nada, o poco, o la verdad matizada. En casos así, la mentira encubierta se mantiene a salvo sin mucho esfuerzo. A menudo Pepa no puede evitar mirarle la cicatriz, posar sus ojos en esa costura que nace entre las cejas y sube hasta perderse en el cuero cabelludo. A menudo le gustaría poder decirle Casi no se te nota, tía. Pero no puede, y no lo hace. A menudo Eva se da cuenta de que la gente le mira la cicatriz incluso antes de mirarla a ella. Y siempre piensa lo mismo. Piensa, aunque sepa que no es cierto, Eso que miráis me la suda, que lo sepáis.


Un día leyó Le echo mucho de menos. Y tardó bastante en responder. Tanto, que no respondió nada. Y esa madrugada se despertó varias veces, algunas de esas veces, gritando en la oscuridad de su cuarto. Un grito sin ninguna palabra. Sólo un grito que la dejaba sentada en la cama, incrédula y desorientada. Puede que bañada en sudor. O con la sensación de estarlo. Y fue esa misma madrugada, entre despertar y despertar, con la vigilia por encima del sueño, cuando pensó algo que no volvería a pensar nunca más. O al menos no con tanto reparo. Pensó, como si le hablara a Ramón. Fui la última tía en la que se fijó tu hermano. La última a la que se quiso follar. La última que le dijo no. Y no sé por qué le dije no. Tal vez porque en ese momento no me había tirado a nadie. Fui la última tía que le miró a los ojos, la última a la que él le sonrió. Llevaba un polo y unas bermudas preciosas. Y ese perfume. Cuando tú estabas volviendo de no sé dónde, habíamos metido los pies en la piscina y él me rozaba debajo del agua. Me buscaba. Y no sé por qué mierda me negué. Creo que fue acojone, porque me salí, porque me piré con una excusa cualquiera. Y me arrepiento tanto de haberlo hecho. Tú no lo sabes pero allí, en la piscina, estaba Fabián con nosotros, pegado como una lapa, por supuesto haciendo el idiota. Grababa vídeos con su móvil nuevo. Tú no lo sabes pero también hizo vídeos en el coche. Desde que me puse al volante hasta que todo se acabó. Claro que tú no sabes que yo iba al volante aquella noche. Escuchábamos una canción de 30 Seconds To Mars, de un cd tuyo que dejaste en la guantera. Cuando cierro fuerte los ojos, vuelvo a oír los puñeteros violines. Tampoco sé por qué escucho la parte de los violines. No lo sé. Y la voz que decía algo así como Mira mis ojos, me estás matando, y yo todo lo que quería eras tú.

domingo, 29 de noviembre de 2015

Subsuelo, de Marcelo Luján.

Por Sergio Vera Valencia.





Hay amores que matan.

Como el de Eva. Una tentación morena de dieciséis primaveras, encaprichada por conducir el coche de Javier una noche de verano.

Pero también hay secretos por los que merece la pena matar.

Como el del accidente de Javier, esa trágica noche de verano.

Porque nadie sabe lo que realmente ocurrió.

Sólo Eva. Y su hermano mellizo, el de la silla de ruedas.

Porque aunque no se parezcan en nada, Eva y Fabián son mellizos.

Y Fabián, el de la silla de ruedas, guarda mucho, muchísimo rencor hacia su hermana.

 Porque hasta el accidente, Fabián, el de la silla de ruedas, no era el de la silla de ruedas.

Y además de saber lo que ocurrió, Fabián tiene pruebas.

Y muchas, muchísimas ganas de hacérselo pagar caro, bien caro a su melliza.

Porque su melliza, Evita la pecadora, salió como si nada del accidente.

Al menos, en apariencia.

Porque hay heridas que no se ven, pero se sienten.

Siempre.

Adentro, muy adentro.

Y culpas que nunca cicatrizan.

Nunca.

Esto es Subsuelo, la última novela del argentino Marcelo Luján.

Una obra de suspense cargada de resentimiento y estilo, que desborda sentimiento y literatura por sus poco más de doscientas vertiginosas páginas.

Porque Subsuelo no es una narración al uso.

La clásica historia de planteamiento- nudo- desenlace.

Subsuelo es otra cosa. Es como el mar.

Una historia envolvente, que viene y va, que va y viene, adelante atrás, atrás adelante, donde presente pasado y futuro se mezclan y entremezclan con absorbente maestría.

Una novela arriesgada, diferente, un derroche de técnica muy fácil de leer y muy difícil de leer en otro lado.

Un libro de personajes, humanos y atormentados.

Un libro de atmósfera, angustiosa y opresiva.

Un libro finalista de la última edición del premio Valencia Negra, para muchos firme candidata al Hammett de la próxima Semana Negra.

Por todo eso y mucho más, las Casas Ahorcadas se complacen en invitarte a su presentación, que tendrá lugar el próximo viernes 11 de diciembre a las 19 h en el salón de actos de la Biblioteca Municipal de Cuenca (Centro Cultural Aguirre).

Compártelo, no lo guardes en secreto.


Porque ya se sabe, que hay secretos por los que merece la pena matar

Y este, podría ser uno de ellos.

jueves, 29 de octubre de 2015

Charleta en Belvalle, con JESÚS DE LAS HERAS


Imagen de La Tribuna de Cuenca

Jesús de las Heras (Cuenca, 1943) ha sido periodista durante casi toda su vida en medios como TVE, la voz de Albacete o El País.

Pero antes, allá por los lejanos años sesenta, Jesús fue maestro aquí. Y cuando digo aquí, no me refiero a Cuenca, que también, sino a aquí, en las Escuelas Aguirre.

¿Qué se siente al volver al cole casi medio siglo después?

SINCERAMENTE, EMOCIÓN. El haber sido maestro de escuela primaria me ha marcado en muchos aspectos. Y haberlo sido aquí, en Aguirre, fue muy positivo y tengo muy buenos recuerdos.

Por aquel entonces, a la vez que trabajaba como maestro ya empezaba a hacer periodismo, aquí, en Diario de Cuenca y pude comprobar que la denuncia de lo oculto en la escritura, la prensa o los libros, tiene gran influencia social.

Paralelamente a su labor periodística, durante la Transición desarrolló una curiosa carrera literaria, publicando libros sobre temas tan variopintos como “La España de los quinquis” (Planeta, 1974), “El año Arias” (1975), “El último año de Franco” (1976), “El caso Mestre” (1985) y el que sin duda es mi favorito, “Los chistes verdes españoles” (1980).

¿Podrías refrescarnos la memoria histórica y hablarnos sobre el caso Mestre y los quinquis?

Esos libros fueron consecuencia del trabajo periodístico y del momento histórico. Y los de Arias y Franco, dos diarios políticos de esos años, de hechos y declaraciones, para que su conjunto diera idea exacta de la situación crítica que atravesaba el país.

El caso Mestre, para aportar algo de esclarecimiento sobre un envenenamiento masivo, el síndrome tóxico. Y los quinquis, por la marginalidad existente, tema que entonces, en dictadura, era como nombrar la bicha.

¿Y podrías contarnos el chiste más verde que recuerdes?

No me tira el contar chistes, al menos en frío. Lo siento, pero ahora no puedo.
El libro de los chistes verdes lo hice para contribuir a romper el tabú de la sexualidad todavía persistente en nuestra sociedad, y por eso, además de los chistes, incluí varias entrevistas con diversos intelectuales. Me costó mucho escribirlo porque es muy difícil trasladar al lenguaje escrito el lenguaje oral de un chiste verde sin que pierda su gracia y no resulte obsceno.

Tras un largo paréntesis, en 2011 debutó como novelista con Silencio en Belvalle, con la que se alzó con el premio Alfonso VIII que promovía la Diputación provincial de Cuenca, y en los últimos años ha publicado varios libros de divulgación histórica, sobre la Orden de Santiago, la Orden de Calatrava, Alfonso el de las Navas y este mismo año, sobre la historia de la Espada.

¿No crees que sea injusto para los historiadores que alguien que dio clase a Alfonso VIII como tú se dedique a la divulgación?

Eres un cabroncete. Soy viejo pero no tanto. Yo no le di clases a Alfonso VIII, sino que estudié bachiller en el instituto Alfonso VIII, y en parte por eso he escrito sobre él.

Con las órdenes de Calatrava y de Santiago me pasó algo parecido: me metí con ellas por afinidad histórico-geográfica, y la historia de la Espada ha sido una derivación, en parte, lógica: tanta batalla y tanta espada con las que me topé en los anteriores libros me movieron a indagar sobre esta herramienta con la que el hombre ha ido andando a lo largo de la historia.


¿Qué te llevó a adentrarte en la novela después de tanto tiempo sin dar ni tecla y tanta no ficción?

Un pequeño reto conmigo mismo. A mí me gustaba escribir relatos y publiqué varios en Diario de Cuenca, pero luego, el periodismo puro y duro me absorbió. Así, una vez jubilado, me dije: escribe otro relato ahora. Y salió Silencio en Belvalle.


¿Y por qué en la negra? ¿Y por qué ambientarla aquí cuando llevabas toda la vida en Madrid?

Ciertamente, Belvalle tiene mucho de Cuenca, porque en el esquema inicial del relato quise partir de una localización que me fuera fácil, conocida, y quise que fuese algo negro porque me lo pedía el cuerpo: estaba harto de ver basura en el país.


Lo primero que me llamó la atención en el libro, es su estilo, porque a pesar de ser tu primera novela, salvo en los pasajes bucólicos, en que para mi gusto el texto resulta un poco barroconquense, el resto de la obra está maravillosamente escrita, y para nada parece de un autor novel, pero tampoco de un periodista, ¿cuáles fueron tus referentes?

Bueno, me planteas muchas cosas.

Primero, lo de barroconquense. Sí, quizás hay alguna descripción y algún costumbrismo excesivos. Menos mal que también te parece “maravillosamente escrita”, muchas gracias.

Y en cuanto a  mis referentes, me basé, además de en mis experiencias, en lo leído, aunque no era mucho, de este género de novela, para ser coherente con ella y, a la vez, para ser algo distinto. O sea, la novela negra clásica tenía que estar en Belvalle, pero no todo tenía que ser estilo norteamericano sino también un poco costumbrista. Y en parte tuve muy en cuenta la novela Tiempo de silencio, de Luís Martín Santos, que ya en 1961 criticó las trabas sociopolíticas existentes en España para llevar a cabo investigaciones que mejorasen la vida ciudadana (en aquel caso eran de carácter científico).  Quizás en el coloquio podamos abundar sobre todo esto.  


Con todo, me parece que la trama es una mera excusa para el verdadero fin de la novela, que no es otro que retratar Cuenca y criticar sus usos y costumbres.

Así que lo primero, cómo fuiste tan cobarde para rebautizarla como Belvalle.

No hay cobardía ni valentía en este caso con respecto a una ciudad concreta. Belvalle es Belvalle, no es Cuenca. Por supuesto era consciente de que Belvalle podía ser, y debía ser, identificada con Cuenca, pero Belvalle es cualquier pequeña ciudad de provincia española.


¿Son reales también los personajes?

Todos los personajes de una novela son siempre ficticioreales, perfiles basados en personas, pero en el caso de Belvalle no retratan a nadie en concreto y, simplemente, algún perfil sirve para tejer la trama.


Por si fuera poco, destapas una trama de corrupción inmobiliaria, mucho antes de que el tema estuviera de moda, ¿o es que este tema siempre lo ha estado entre los políticos?

La corrupción inmobiliaria era tema que ya me era conocido desde la época del franquismo, que fue creciendo y que ya se había empezado a abordar en la novela negra española en la época democrática. Cuando me planteé escribir Silencio en Belvalle tenía claro que esa corrupción sería parte principal de la trama. Y esta podredumbre no ha dejado de crecer.

Tanto provincianismo y tanto cacique abruma a Dolores, que es una mujer con ganas de volar, pero atrapada en una jaula dorada, algo que choca con la visión idílica de Belvalle que transmiten personajes como Fernando Torres.

¿Con quién coincides más, con la profesora o con el periodista?


En ese ambiente, el personaje del periodista local Fernando Torres representa el entrañable individuo que ama a su ciudad, aunque haya cosas de ella que no le gusten y por las que no pelea demasiado, quizás porque es difícil hacerlo en una ciudad pequeña. Mientras que el personaje de la profesora de Bellas Artes, Dolores Campos, representa el elemento incómodo en una sociedad asfixiante y en parte corrupta. Y ella me gusta más.


Por último, si a la primera fue la vencida, y te llevaste un premio, ¿por qué no has vuelto a recalar en la novela en general y en la negra en particular?

Algunas veces me tienta novelar alguna historia que conozco, sin determinar a priori la forma o el género, pero eso es algo que está ahí, flotando simplemente. Más probable es que reinicie algo negro, quizás un día de estos.

martes, 2 de junio de 2015

Cabeza de Ciervo, de Francisco Miguel Espinosa.




 
 
Esta no es una reseña más de una novela policíaca más.
Porque esta novela no es una novela policíaca.
Esta novela es de una colección de terror.
 
Queda dicho.
Y dicho esto, ahora sí, empezamos….
Érase una vez, un pueblucho americano de mala muerte y peor vida llamado Abismo.
De mala muerte, desde que apareció una bestia parda con unos tochos más grandes que el novio de Lucía la Piedra y una cacho maza que dejaría sin palabras hasta al presentador de Bricomanía.
 Porque, Cabeza de Ciervo, muchacho, cómo se te ocurre ir por ahí a lo loco, liándote a mazazos con el sheriff del pueblo sin preguntar… quitándole la cabeza y los fémures sin pedirlos por favor… ¡Y encima con esas pintas de Bambi desarrapao que me llevas!
 No, Cabeza de Ciervo, muchacho, eso no es de buen morir, eso no se hace.
 Y no sé donde has aprendido eso, de dónde demonios lo has sacado, pero eso no es lo que te enseñamos en Abismo, no señor.
Por mucho que Abismo sea un pueblucho de peor vida… de toda la vida.
Por mucho que Abismo sea Un pueblucho cuyo principal atractivo, cuyo único atractivo sea el Gallo.
 Un pedrolo con forma de gallo, que planea sobre todo el pueblo, sobre un lugar no muy atractivo para vivir, la verdad.
Y menos, para morir, Cabeza de Ciervo, muchacho.
Pero bueno, no temas, que no todo está perdido, no señor.
Si te esfuerzas, si te dejas un poco los cuernos, en Abismo todavía podemos hacer un monstruo hecho y derecho de ti.
Si aprendes, por ejemplo, del bueno del jardinero Randall.
Un callo malayo con más años que la tos, que va por ahí emborrachando ingenuas muchachuelas para tratar de zumbárselas.
O si no, mira, fíjate en el reverendo Fibber.
 Un cuervo del señor que babea por una de las corderas de su rebaño, y que parte y reparte unas hostias que flipas, que flipas en colores, literal.
O mejor, mejor aún, de la señora Samson, la señora O’Quinn, y la señora Cooper, las chicas de oro de Abismo.
Los tres vejestorios que parten la pana en el consejo municipal, las tres parcas que tejen el destino de Abismo a su antojo.
En fin, aprende de quién quieras en abismo, cabeza de ciervo, muchacho, pero aprende.
Porque si no aprendes la lección, tarde o temprano, Bob Callahan terminará echándote el guante.
Sí, ya sé que el ayudante del sheriff parece un gordo borracho, un perdedor que da más pena que miedo, pero ojo, cabeza de ciervo, muchacho, no te confíes, que el viejo Bob no tiene un pelo de tonto.
Y no lo digo porque sea calvo, que conste.
Aunque sea calvo, que conste.
Lo digo porque a Bob le gusta Denise.
Denise, su ayudante. Su joven y preciosa ayudante. La que quizá sea su última oportunidad quizá no de ser un hombre feliz, pero sí menos infeliz y más hombre.
Pero tú nada, erre que erre, mazazo va cabeza viene, por un cuerno te entra, y por el otro te sale.
Sí, ya sé que te mola mazo que todo Abismo se cague de miedo, pero a mí no te me pongas farruco, que a mí no me das ni esto.
Porque cabeza de ciervo, muchacho, no sé qué carajo hace una historia como la tuya, una historia de asesinatos tan rematadamente pulp como la tuya, en una colección de terror.
Una jugosa mezcla de novela de serie B y Twin Peaks como…. como si Robert Rodríguez hubiera preñado a David Lynch, y éste hubiera parido una versión bastarda de su serie, algo así como “Twin Freaks”, escrita, maravillosamente escrita, con un estilo sarcásticamente postmoderno con los hechos, y postmodernamente sarcástico con el lector.
La caña de España, vamos.
 
Una lástima que el bro Álamo me la acabe de regalar, la habría incluido en mi top tres del año pasado.
Porque de momento, es la gran sorpresa de lo que llevamos de éste, y ojo, que ya han caído unas cuantas.
Pero bueno, al fin y al cabo, esta no es una novela policíaca.
Y esta no es la rarísima reseña de una novela policíaca flipantemente rara, si haces caso de las etiquetas editoriales.
Queda dicho.


domingo, 1 de febrero de 2015

DESDE PRUSIA POR AMOR





Comienza la cuenta atrás para el esperado encuentro con Rosa Ribas. Filóloga, escritora, y encanto de persona, nacida en Barcelona pero afincada  en Fráncfort desde hace décadas.
Una autora, que después de debutar con “El pintor de Flandes”, se ha volcado en la literatura de género, donde ha logrado hacerse un nombre gracias a obras como “La detective miope”, la trilogía protagonizada por la comisaria hispanogermana Cornelia Weber Tejedor, y muy especialmente por el gran éxito de crítica y ventas obtenido por la serie de Ana Martí, cuya primera entrega, “Don de lenguas”,  resultó co-ganadora del premio Novelpol y mención especial del Hammett 2014.
Una arrebatadora novela negra de esas que cuesta soltar, magistralmente ambientada en la Barcelona gris de los 50, protagonizada por dos investigadoras ciertamente  atípicas y carismáticas, una periodista de sociedad y una experta en lingüística, que tratarán de resolver un intrincado crimen en una ciudad condal tan pueblerina y poco condal que nada tiene que ver con la de Pepe Carvalho.
 Un auténtico novelón, que Rosa viene a presentarnos desde Prusia y por amor al arte, que nadie en la ciudad del crimen debería perderse.

 Así que, ya sabéis, ¡pasaos por aquí y pasadlo por ahí! 

sábado, 10 de enero de 2015

Hasta otro Viernes, Domingo.



 

 

Al principio, el único autor español que conocía era Lorenzo Silva. Es así, y supongo que es normal. Luego, Lorenzo me regaló a Pedro de Paz por Navidades  de 2008. Y  un estupendo artículo sobre Pedro y otras novelas negras ambientadas en la capital, a Tristante, Óscar Urra…. y reenganché al género.

Tanto,  que convencí a mi familia para ir a la Semana Negra de 2009.

Ya en Gijón, apadrinados por Pedro y el padre de Víctor Ros (estreno el lunes a las 10:30 en la primera) conocí a Salem, Biedma y un tal Domingo Villar, que había ido a presentar una antológica antología llamada “La lista negra: nuevos culpables del policial español”.

 Un gallego tímido y algo apocado, que me pasó bastante desapercibido… hasta que leí meses después sus novelas.

Desde entonces, siempre había querido hablar con él.

Y desde que las Ahorcadas abrieron sus puertas, comentar con él “La playa de los ahogados”.

Incluso, llegué a conseguir su correo gracias a un conocido común. Pero no sabía cómo abordarlo, sin que se diera cuenta de mi manía persecutoria.

Hasta que el año pasado, gracias al pollito Ravelo me enteré de que iría a Getafe Negro. Pero, cuando ya teníamos planificado un viaje Express entre semana sólo para conocerle, se cayó del cartel, y tuve que volver a callarme la boca.

Mi gozo in one pozo.

Y así llegamos a principios de curso. A las votaciones de los libros que leeríamos. A cuando la estupenda reseña de Amelia nos convenció de leer “La playa de los ahogados”.

A la semana siguiente, me enteré de que, esta vez sí, Domingo estaría en Getafe Negro….¡un miércoles! ¡Y nosotros no podíamos acudir hasta el viernes!

 Nada, que no había manera.

Así que pasé al plan M: cansinear a Manzano.

 Manzano, tío, tienes que leer a Domingo Villar. ¿Mola mucho, eh? Manzano, tío, tienes que entrevistar a Domingo Villar. ¿Cómo que no puedes?¡Pero si estará en Getafe Negro! Vaya, así que es un tipo de puta madre ¿eh?  ¿Y por qué no me lo presentas?  ¿Cómo, Que le has escrito pero no responde ¿ Bueno, es que son Navidades, ¿podrías escribirle otra vez?

Y así, pico y pala, pico y pala, hace diez días, me llegó un correo de Domingo. Un correo con el móvil de Domingo.

Y lo llamé.

Y aunque no nos conocíamos de nada (no debo ser tan guapo como dice mi abuela, porque no se acordaba de mí) nos pasamos casi una hora al teléfono, hablando de lo humano y lo divino.

Y aunque el 9 de enero tenía planes, los cambió sólo para poder comentar por videoconferencia “La playa de los ahogados” con nosotros.

¿Es o no es para hacerle un monumento?

 Pero claro, no contábamos con Murphy.

Con que , a pesar de que dos días antes todo funcionaba perfectamente, ayer la wifi se cayó, Facetime no conectaba, el micrófono tampoco rulaba….

Pero claro, Murphy no contaba con la familia Lara (que no es de este Planeta, ni existe premio que les haga justicia).

Con que Pepe ayudaría a Domingo a instalar Skype, a hacerse una cuenta, a conectar la cámara, a conectar el audio por el móvil.

Y después de media hora de infarto, pudimos compartir una hora larga tranquilamente con Domingo. Una hora larga, en la que tuvimos el placer inmenso de charlar con uno de los autores españoles más exitosos   y más humildes,  de comentar las tramas más complejas con las palabras más sencillas, de hablar largo y tendido sobre Galicia pero sin galleguismos.

Un encuentro virtual pero tremendamente humano, tan cercano que no parecía a distancia.

Y así, gracias a Amelia, Manzano, los Lara y sobre todo, Domingo Villar, finalmente  un lustro después mi deseo se hizo realidad.

 Muchas gracias a todos.

Especialmente a ti, Domingo.

 Esperemos que termines pronto tus “Cruces de piedra”, para compartir contigo otro viernes igual de humano, pero menos virtual.

 Y quién sabe, visto el éxito, a lo mejor para cuando vengas hasta te hemos hecho un monumento.

 Un Tormo Negro.