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lunes, 12 de febrero de 2018

NO HABRÁ FINAL FELIZ



 
“No habrá final feliz”, de Paco Ignacio Taibo II

Por Leonilde Álvarez.

 
Paco Ignacio Taibo II, de nacionalidad española y mejicana,  es un periodista, divulgador histórico y  escritor de novela negra.

Saltó a la fama en los años 70,  gracias a la serie de Belascoarán Shayne, a la que pertenece “No habrá final feliz”, cuarta entrega publicada en 1981.

El detective se ve involucrado en una extraña muerte; un fiambre vestido de romano aparece en el retrete comunal de su edificio, y le ofrecen un cheque y un billete de avión para que se largue a Nueva York y no meta sus narices en el caso.

 Pero por supuesto, Belascoarán empieza a investigar, y va apareciendo una gran trama de corrupción relacionada con los abusos del poder político al más alto nivel, políticos que utilizan a la policía como su propia banda de sicarios.

Como buena novela neopolicíaca, Taibo se sirve del caso para denunciar un crimen real, la matanza del jueves de Corpus de 1971, donde los estudiantes fueron asesinados por el grupo paramilitar de Los Halcones en ciudad de Méjico.

 Es el detective, y no la policía, quien investiga y por el camino se va involucrando en una serie de crímenes que nos muestran el escaso valor de la vida en México, donde  la gente sobrevive con pequeños oficios y trabajos precarios apoyados en la familia, como única zona de verdad y de confianza.

El inicio de la novela es duro para un lector de España. Hay muchas palabras y giros mejicanos que son difíciles de entender. Pero la descripción de la vida cotidiana y un cierto humor negro hacen que la trama te enganche y llegues hasta el previsto y terrible final.

A pesar de la dificultad del lenguaje, me ha dejado el deseo de leer más novelas de la serie, y yo os la recomiendo.

lunes, 15 de enero de 2018

DOS CRÍMENES, de Jorge Ibargüengoitia.


Por Amparo Prados.

La novela nos cuenta la historia de Marcos, alias el negro, que después de que en una reunión en su casa aparezca un invitado desconocido acompañando a una amiga, y un conocido buscando cobijo que dejan en casa dormido para ir a trabajar, se enteran que la policía les busca, y cuando esto pasa en un México donde campa la corrupción y no tienes la más mínima garantía, lo mejor es correr, da igual que seas o no culpable.

Por eso, Marcos Decide ir a casa de un pariente en el campo, donde no le puedan buscar y conseguir algo de dinero para desaparecer con su novia. Va a casa de su tío Ramón, un hombre rico, al que hace años que no ve, y urde una historia para justificar su presencia y sacarle dinero.

 Pero cuando llega, encuentra a su tío impedido y rodeado de otros sobrinos esperando heredar, a los que no les hace gracia su aparición.

 Marcos interactúa con todos estos personajes, mientras busca resolver su problema, y estas relaciones resultan bastante curiosas, mostrando la parte humorística de Ibargüengoitia.

 Aparecen envidias, pasiones, intrigas, ambición, todos mienten, ninguno es totalmente bueno o malo.

 El libro nos retrata la vida rural, los personajes provincianos. Como el dueño de la farmacia, el mejor amigo del tío Ramón, que en algún momento me traía a la mente al Plinio de Pavón.

Y toda la tensión que se genera, termina con los Dos crímenes que dan título a la obra, la parte negra de la historia, junto con la crítica que subyace envuelta en ironía y humor.

La lectura es sencilla, una novela de corte costumbrista de prosa fácil y directa, pero de buena factura.

domingo, 17 de diciembre de 2017



 
Nuestro autoproclamado “tapado para el Premio Nobel de Literatura”, cito textualmente sus propias palabras, me mandó una nota rara, una reseña del complot mongol que no pude aprobar, porque apenas pude entender (empiezo a pensar que escribe directamente en sueco, Google Translator mediante, para allanar el terreno a la academia…), le indiqué que dijera algo del libro y mandó otra nota de difícil encaje y

He aquí el resultado de tan doloroso parto, en dos tomas… por si no os gusta el caldo…

 

Reseña de El complot mongol

Manuel Polo Recio

 Toma 1

 ¡Peste conquistadores, gente blancuzca con los tocinos por fuera de los pellejos! Como me llamo Filiberto que nunca pensé hasta pisar Europa que los nietos de la parentela que dejó Cortés por acá pudieran ser tan flojos, majes delicados, tan dicharacheros.

Pero se vive bien en Cuenca. No tiene mérito llegar a centenario. Yo lo hice, y sigo para contarlo. Fresquito pueblo, aires puros y aguas claras, todo limpio, sin balaceras. Así pasa, que una pareja de muertes crudas altera todo el país. Es el precio de la vida segura, la confianza hace mucho ruido al quebrarse.

En este otoño de sequía -¡qué sabrán estos paisanos lo que es sed!- una pajaritos píos se han puesto a leer lo que de mi contó mi cuate Rafael en el caso del complot mongol. ¡Qué cándidos los negritos de las Casas Ahorcadas! Fingen ser cuervos, buitres, milanos, pero no pasan de ser golondrinas dándose aire de grajas. Gente pacífica, ordenada, buenos modales, ni una voz más alta que otra, y disimulo extremado de los deseos de vida, que llaman pecados. Les cosquillea el magín con las salvajadas, la suciedad, el caos, la violencia –virtudes que no practican- a estos burgueses instruidos, bien alimentados, que se ducharán casi todas las semanas, leídos y viajados, que no conocen el miedo.

Y no es que sean valientes, no lo necesitan, es que están tranquilos, han sido bien domados (se tienen por civilizados, que finura) sino porque el orden establecido es democrático y social. Aunque cueste creerlo, parecen convencidos de disfrutar leyes justas, policía eficaz, jueces santos, gobernantes en estado de beatitud. ¡Si no hubiera tanta tía buenorra entre ellos me los hubiera cargado a todos, peste pendejos! Cuatro buenas jacas por cada borriquillo, qué derroche. Y todas santas, qué pena tan honda.

Yo, sentado en la última fila, escuchaba. Dudo que alguien reparara en mí, tan diminuto, tan frágil, tan apagado. ¿Cómo, si ni siquiera el buen retrato que me hizo el cuate Rafael les parecía creíble? Un sicario, decían de mí, no sé con cuanto desprecio. Alguien debió explicar que no más que uno de tantos, salvo que destapado. Un asesino, un matarife, un criminal, un verdugo. Canalla, depravado, escoria, basura. ¡Corderitos ellos, balando felices hasta que sus ángeles de la guarda les rebanen los gaznates! Inocentes criaturitas que llegan a la vejez sin verse metidos en un fregado. Casi ochenta años ya sin una buena guerra en la que curtirse. Cristalería fina. ¿Acaso tienen dientes para roer un mendrugo?

 Yo soy un sobreviviente, no más. Una bombita que haga media docena de muertos en una procesión de Semana Santa, y tenemos a esta élite cultural usando pañales a perpetuidad, mojaditos todos sus días, entonando a todas horas el estribillo ese: “Cordero de Diooooos, que quita los pecados del mundoooo, daaaanos laaaaa paaaaaz!

Mejor no volver por Aguirre, no sea que se me pegue el dedo al gatillo y haga un estropicio ¡Pinche ciudadanos ejemplares! A esta manada la sacas de Rambo y Bogart y se pierden.  

 

Reseña de El complot mongol

 Manolo Polo

 Toma 2
 
Esta es la historia de Filiberto García, Un tío mayor, setentón ya o casi, mu serio, parco en palabras y nulo en sonrisas, si me apuras hasta patibulario, que aún así, enamora a un pivón al tiempo que tutea en su trabajo con eficacia y autoridad, humilde verdugo anónimo mexicano él, solito y engañado, al KGB y a la CIA. Sin heroicidades ni machadas, sin patriotismo ni ideario, así a la pata la llana.

Y este individuo sin pedigrí que nunca pisó la Universidad, ni el instituto y puede que ni la escuela, soldadito pistolero y espía desde casi antes de cubrirse de pelusilla el escroto, viajado, experimentado, sin cultura libresca, sigue con los mismos menesteres. A su edad, con sus títulos, algunos lo temen y todos lo desprecian, incluidos sus doctos y honorables “superiores”, aunque su lealtad es indudable. Se la quieren meter doblada y la devuelve emplomada. Lo envían al matadero o cuando menos al fracaso y al ridículo pero el vejete habla poco, camina lento y razona consecuente; evita los peligros, resuelve las incógnitas, descubre el pastel, ejecuta a los culpables y limpia la casa. Perfecto todo si el picha brava no se hubiera embarcado en sueños erótico-platónicos.

Relato conciso. Ritmo sin prisas ni pausas. Personajes bien perfilados. Podredumbre mostrada sin regodeo ni tufaradas. Palabrario exótico. Contraste de aspereza y delicadeza. Una joya.

domingo, 15 de octubre de 2017

Cuate, aquí hay tomate: llega el México lindo y criminal a las Ahorcadas


 

Curso nuevo, país nuevo.

Después de que las novelas criminales japonesas incitaran a varios negritos a hacerse el harakiri con unas katanas de Albacete, este año toca viajar a México.

Y comenzamos con una reseña diferente, con un libro peculiar. Un libro que se alzó con el premio Rodolfo Walsh a la mejor novela de no ficción en la Semana Negra de 2005.

Ándale, cuate, que aquí sí que hay tomate.


LO PEOR DEL HORROR, de EDUARDO MONTEVERDE.

Por Nieves Guijarro.
 
 
            “Lo peor del horror es que no hay horror”. Con esta reveladora frase del autor ruso Leónidas Andreiev, Paco Ignacio Taibo II, periodista, escritor y activista sindical, abre el prólogo de esta ácida obra.

 Y debo decir que lo hace de una manera muy acertada porque, para bien o para mal, más para mal que para bien, este mundo abyecto nos ha acostumbrado a convivir con la barbarie; esa barbarie que, como nuestro curtido prologuista apostilla: “se disuelve en lo cotidiano por reiteración, abuso de cabeza periodística y  reportaje superficial de televisión”.

            El escritor, documentalista, patólogo y periodista, Eduardo Monteverde, profundiza en el concepto a lo largo de 364 páginas, un total de 43 artículos que hallaron cobertura en varios medios de prensa.

 Haciendo justicia al título con que bautizó su meticuloso esfuerzo, “Lo peor del horror” es el reflejo más encarnizado de una realidad cruda, decadente, una realidad mediática y sensacionalista a la que no miramos de frente.

 Asistiremos a un desfile de trágicos y abyectos personajes: un mago violador de niños, una mujer inocente acusada de matar a su hijo, las prostitutas de la Merced y un largo etc.

 Según explicó el propio autor en una entrevista del año 2005 para el medio digital La jornada: “hay horas de comisarías, días dedicados a las prisiones, años luz de estar realmente en los bajos fondos; en burdeles miserables donde entran judiciales echando balazos y se ve a las prostitutas haciendo el amor”.

 Claro está que quien no arriesga no gana, y el precio de esta crítica social desemboca en un conjunto eficaz y eficiente que no pierde el tono riguroso pero que, a su vez, destila ingenio y frescura. Periodismo negro combinado con una narrativa muy estilosa y sui generis, capaz de transformar el horror en algo mucho más liviano.
 
            Como dijo Oscar Wilde, Mártir ejemplarizante y víctima de las acciones humanas: “Somos nuestro propio demonio y hacemos de este mundo nuestro propio infierno”.