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domingo, 20 de marzo de 2016

Más Tartan, más noir



“Black and Blue”, Ian Rankin.
Por Leonilde Álvarez.
Black and blue es la octava novela protagonizada por el inspector de la policía John Rebus. Transcurre en Edimburgo y nos cuenta la historia de un asesino en serie, John Biblia, que nunca fue detenido, y la de un asesino imitador al que los medios de comunicación han apodado Johnny Biblia.

Rebus consigue conectar cuatro asesinatos que siguen el mismo perfil y busca a ambos asesinos. Pero a la vez está siendo investigado por asuntos internos y tiene en contra a la mayoría de la policía.

El autor nos muestra las interconexiones entre la policía, los políticos, los periodistas y los mafiosos de la ciudad. Hay tantos intereses relacionados que Rebus apenas puede investigar, ya que se mezclan las sospechas de corrupción entre los altos mandos policiales con la investigación de los periodistas, y a la vez, la persecución del verdadero John Biblia a su imitador.

Ian Rankin nos presenta un antihéroe con el que no resulta fácil conectar, porque parece estar al filo de la legalidad, bebe demasiado, es duro y bronco con sus compañeros. Todo ello ambientado en un Edimburgo en blanco y negro, con lo mejor y lo peor de la sociedad. Con un final no del todo cerrado.

¡Cuidado si viajas a Edimburgo! John Biblia aún no ha sido detenido.
El canto de las sirenas, Val McDermid.
Por Teresa Hernáiz
En la comunidad de Bradfield, frecuentada por gays, han aparecido unos cuerpos que han sido asesinados, torturados y mutilados brutalmente.

La policía está muy desorientada y decide recurrir a Tony Hill, un experto en asesinos en serie, para que realice el perfil psicológico del asesino, pues parece tratarse de uno de ellos.

Pero el psicólogo, tiene unos cuantos problemas personales, entre ellos una disfunción eréctil. Mantiene conversaciones telefónicas con una mujer, que llegan a ser un tanto pornográficas. Se siente hechizado con las palabras tan seductoras y a la vez tan engañosas que escucha al otro lado del teléfono. Y como les ocurría a los marineros con el canto de las sirenas, casi puede salir de la red que ha tramado el asesino para él.

La inspectora Carol Jordan será quien acompañe a Tony Hill evitando que el psicólogo se despegue de la realidad.

Por otra parte, hay que señalar el diario que lleva el asesino, donde nos va explicando cómo selecciona y tortura a sus víctimas.

Un libro con mucha tensión y bastante violencia, pero una buena narración.

sábado, 5 de marzo de 2016

¡Las Ahorcadas vuelven a estar en la onda!


Ya es un secreto a voces en WhatsApp y Facebook. Esta noche, a las 2.30 de la madrugada, las Casas Ahorcadas vuelven a la radio.

Pero si el verano pasado estábamos con un club de lectura virtual, esta vez se trata de un certamen de microrelato de terror, dentro del nuevo programa de la cadena SER “Negra y criminal”.
Un espacio semanal donde se conjugará la dramatización de relatos de terror, la narración de casos criminales reales  y, por supuesto, el concurso de microrelatos presentado por el autor exconvicto Carlos Salem , con la participación como jurado de la escritora y jueza de lo penal Graciella Moreno, la juntaletras y editora literaria de Alfaguara María Fasce y el coordinador de este club (al que según su abuela, la radio le favorece mucho), que comparecerá en nombre de los negritos de esta vuestra asociación, encargados de realizar la preselección del certamen.

Así que, ya sabéis, ¡nos escuchamos todos los sábados de madrugada!

Y si estáis pensando en participar, medid bien vuestras palabras, porque solo tenéis 200…

 200 palabras para salvar vuestra vida.

domingo, 21 de febrero de 2016

EL REY DE LAS AHORCADAS, EN DIRECTO


¿Cómo? ¿Que no pudiste asistir a la presentación de Carlos Bassas?

Pues vete buscando otra excusa (que no sea que te duele la cabeza, que esa está muy oída), porque aquí tienes el acto, íntegro, editado y remasterizado por el hermano Don Javier “DJ” Manzano.



Y la escucha merece muy mucho la pena.

Porque el viernes, Carlos Bassas no fue del rey, fue el rey.


Inspirado como nunca,  interesante como siempre, Inmenso.

Pese a llevar en pie desde primera hora de la mañana, de haberse cruzado media España en tren, y media Cuenca sobre muletas, el rey estuvo imparable.

Será que las malas lenguas tienen razón, y que tras pasar tantos meses a cuatro patas (dos de carne, dos de plástico), el rey estaba deseando mirar para Cuenca.

Por eso, no es de extrañar que el evento fuera un éxito, y que faltaran ejemplares

Menos mal que de tanto darle a la muleta, el rey había echado músculo, porque si no, la firma podría haber sido la última.


Pero no contento con eso, cuando bien entrada la noche tomamos “el bus” hacia la madrugada, el rey aún tuvo fuerzas para inventar el próximo baile del verano…

El minusbaile.

Y para hacernos reír. Y para iluminarnos con su inabarcable sabiduría (que como todo el mundo sabe, cuando Google no encuentra algo, busca en la Bassaspedia), y para tocarnos la fibra.

Por eso, después de casi dos días juntos, compartiendo mesas y sobremesas, alegrías y penas, secretos y confidencias, despedir al rey esta mañana y echarlo de menos ha sido todo uno.

Aunque no fuera con un “adiós”, sino con un “hasta luego”.

O como dicen los samuráis y los Terminators: “sayonara, kioudai”.


sábado, 6 de febrero de 2016

El impagable arranque de “Siempre pagan los mismos”



  Antonio Falcón caminaba por el centro de la calle como si fuera suya: mentón arriba, pecho al frente y omóplatos atrás. Todo le pertenecía: aceras, pavés, casas, bancos, farolas y almas. Se lo había ganado a base de meter miedo y porque, desde su regreso, nadie en aquel rincón de Ofidia se había atrevido a plantarle cara.

El barrio de San Marcial estaba formado por viejas uvepeós de cemento pobre. El constructor debía de haber empleado un tercio del presupuesto en arreglarse los baños de casa, y algún concejal se había comprado el anhelado pisito en Salou gracias a otro tanto. Todas las fachadas eran la misma. Las diferencias iban por dentro, tanto de las casas, como de sus habitantes. Algunas personas tienden siempre a sentirse minúsculas; otras, en cambio, se creen mejores de lo que son y han elevado ese arte a la categoría de alta cocina.

Falcón era de los últimos. Había nacido en aquel barrio y lo conocía muy bien, todas sus virtudes, que eran pocas, y sus miserias, que tampoco eran muchas. Se detuvo frente a una pequeña tienda, una colonial llena hasta arriba de todo menos de futuro. “Ultramarinos Señor Manel”, para qué más.

El señor Manel hacía equilibrios tras el mostrador sobre un taburete de anea. A ratos se balanceaba únicamente sobre las dos patas traseras, los pies firmes en los travesaños; y cuando se sentía atrevido, incluso temerario, dejaba que todo su mundo se sustentara sobre una única extremidad.

Era un tipo de cara triste, el señor Manel. Por lo que le había tocado vivir y porque la genética es así de cabrona a veces. Hacía tiempo que la piel del rostro se le había escurrido y estaba manchada de herrumbre. A pesar de todo, conservaba cierto aire de nobleza perdida; de conde, de duque o incluso de archiduque arruinado en algún lejano casino de la Costa Azul.

Al ver aquella silueta detenerse frente a su pequeño comercio, cada rincón de su cuerpo se revolvió, enfurruñó el ceño y su frente se convirtió en un campo recién labrado. No hace falta ser un tío grande para intimidar; de hecho, Antonio Falcón era todo lo contrario, así que se había procurado puños como martillos pilones para compensar.

Se plantó frente al señor Manel y echó un vistazo alrededor, aunque conocía la tienda al dedillo. «Es sorprendente la cantidad de metros cúbicos de mala baba que caben dentro de un cuerpo tan pequeño», pensó el comerciante.

—Deberías invertir algo más en tu negocio, que los chinos os están comiendo la calle.

El señor Manel le aguantó la mirada:

—Chinos, moros, indios, paquis o españoles, cabrones los hay en todas partes.

Falcón esbozó media sonrisa. El viejo tenía toda la razón:

—Al menos a los de aquí se os entiende, y uno, pues se hace entender —replicó—. ¿Tienes lo mío?

Las fuerzas que tanto le habían costado reunir al señor Manel para enfrentarlo volaron de golpe. Bastaron aquellas tres palabras; un bolero. Negó con la cabeza y expuso el cogote. Cuando un hombre mira al suelo, su derrota es absoluta, y Falcón lo sabía. El viejo esperaba la vizcaína.

—La cosa está mal —susurró mientras contraía los hombros y el alma—. Apenas llego.

—Pues la próxima vez no votes a un gobierno de rojos y de maricones —le espetó Falcón—. Os prometen el oro y el moro y luego rien de rien. Pero los de izquierdas ahí, erre que erre, tragando como gilipollas mientras el politburó y los sindicatos se os forran en la cara.

El señor Manel permaneció en silencio y, sin motivo alguno, recordó la lección magistral que le había impartido un viejo camarada del Pecé hacía mucho tiempo; debía de intuir que la vida no le iba a durar y recorría al pasado: «Si encierras a cuatro comunistas en una habitación, se habrán escindido en dos facciones a la hora, y, pasadas dos, en cuatro partidos». «Aquel hombre tenía más razón que un santo», se dijo; y le recordó por qué había echado su militancia por el váter.

—Yo también soy un empresario, y ambos sabemos que en cualquier negocio, la imagen lo es todo —continuó el tipo que tenía plantado enfrente como si dictara la lección—. Cosa de reputación, ¿sabes lo que te digo?

El tendero se lo sabía al dedillo.

—Así es la vida, viejo: o jodes o te joden. Y a mí no me gusta que me den por culo, ya ves —concluyó Falcón.

Ambos permanecieron en silencio durante un rato imposible de precisar. Lo que para unos es un segundo, para otros dura la eternidad. Falcón agarró al señor Manel por la solapa de su bata azul, la que siempre vestía dentro del colmado, sacó la pistola que llevaba encajada en la trasera del cinturón, la sujetó por la corredera y lo golpeó en la cabeza. Un único mazazo con la culata y el cráneo se le resquebrajó como cristal bajo el cuero cabelludo.

El viejo cayó de bruces sobre el mostrador mientras la sangre teñía su pelambrera ceniza. No había perdido ni una hebra con el tiempo. Falcón se apartó, los ojos fijos en el pecho. Dos gotas de sangre le habían alcanzado la camisa.

—Me cago en la puta de Christian Dior.

Limpió el arma en la bata y la devolvió al cinto. Después, apartó el cuerpo a un lado y abrió la registradora. Poca cosa. Cogió el botín y se lo metió en un bolsillo mientras izaba el puente levadizo que daba acceso a la trastienda.

Al regresar, traía consigo una pequeña caja de caudales. Su mano tanteó la parte inferior del tablero de conglomerado y chapa hasta dar con una llave sujeta con cinta adhesiva:

—Veo que sigues siendo un animal de costumbres.

El cofre de lata estaba lleno de billetes de cincuenta.

—Los tíos como tú me dais asco —lanzó, aunque sabía que el señor Manel no lo escuchaba—. Venderíais a vuestra puta madre con tal de no soltar la pasta, y luego resulta que no tenéis ni media hostia.

Falcón regresó al otro lado del mostrador, agarró un paquete de clínex de una repisa, extrajo uno, ensalivó la esquina y salió de la tienda. Ni siquiera se molestó en comprobar si el viejo respiraba. Se limitó a cruzar la calle en dirección al bar que quedaba enfrente.

Avelino, el dueño, lo vio venir a través de uno de los ventanales:

—Hijo de la gran puta.

Falcón entró como el vendedor que va a premiarse con una copa tras el negocio cerrado. Un grupo de viejos jugaba al dominó ajeno al monótono claqué de sus fichas sobre la mesa. Ni siquiera lo miraron, y, mucho menos, se atrevieron a abrir la boca.

El Gordo era un local varado en los setenta con suelo picado de ajedrez, barra taraceada y paredes de color inclasificable. El nombre no respondía al tamaño de su dueño —aunque podría haberlo hecho perfectamente—, sino al único golpe de suerte que había tenido aquel barrio en toda su historia: un tercer premio en la Lotería de Navidad de 1971. El dinero llegó rápido y fácil y se gastó del mismo modo.

Avelino parecía cebado como una oca a punto para paté, hasta el extremo de que su enorme cabeza, esférica y pelada como una vieja bala de cañón, había quedado degradada a simple canica. Falcón se dejó caer en su taburete; cuando eres el rey, ya se sabe, tienes tu trono. Sobre aquel asiento de patas largas, sus pies se balanceaban en el aire como los de un crío.

El dueño terminó de secar el vaso que sostenía entre las manos y se acercó a regañadientes.

—Lo de siempre —le indicó Falcón sin levantar la vista de su camisa—. Y un sifón.

Avelino cogió una botella de coñac, un Peinado de cien años que el hombre se había hecho traer especialmente desde Tomelloso, y le sirvió un trago de club inglés. Después, se agachó, cogió una botella de soda y la dejó al lado. Falcón echó un chorro sobre un nuevo clínex y comenzó a frotarse la camisa.

El dueño del bar aprovechó para desaparecer por la puerta de la cocina y regresar al rato con un sobre y tufo a freidora. Lo depositó en la barra con la cara gacha y el orgullo herido. Falcón se lo metió en el bolsillo y, al levantar la vista, se fijó en los billetes de lotería sujetos a la pared por una pinza. Al lado, un cartel escrito a mano ponía: «Hay Lotería de Navidad». Y a su izquierda, en otro plastificado e impreso, podía leerse: «47.550. Tercer premio de la Lotería de Navidad de 1971. Vendido aquí».

—Dame uno de esos, no vaya a ser que a Dios le dé por cagar dos veces en el mismo sitio.

Todos giraron la cabeza al oír la sirena. La ambulancia apenas cabía en la calle, por lo que tuvo que subirse a la acera y avanzar de canto como en una película. El dueño del bar miró al tipo que tenía parado delante. Un solo instante, como había hecho el señor Manel, antes de agachar las orejas de nuevo.

Falcón apuró el coñac y brincó del taburete.

—Me haces trabajar, gordo —masculló, contrariado—. Y sabes que no me gusta trabajar.

Una vez en la calle, fue al encuentro de la ambulancia. En el momento en que uno de los sanitarios abría la puerta con más miedo porque le desvalijaran el vehículo que prisa, echó mano a la chaqueta, sacó la cartera y se identificó: subinspector Antonio Falcón, de la Policía Municipal.

miércoles, 27 de enero de 2016

Siempre pagan los mismos, Carlos Bassas.


Por Raquel Soler.

«Siempre pagan los mismos» ¿Cuántas veces hemos repetido esto? Demasiadas. Y la ciudad de Ofidia no se ve libre de esta tragedia.  Ofidia es una ciudad como otra cualquiera (aunque huele mucho a Pamplona), donde la corrupción manda y el poderoso se aprovecha del débil.  Pero en ocasiones, el débil se cansa de serlo. Por eso mismo nadie llora el asesinato de Falcon, un corrupto policía municipal que ha estado extorsionando a todo el barrio de San Miguel. Sin embargo, la muerte de un policía no es algo que pueda olvidarse y Herodoto Corominas, policía nacional, comienza a investigar.

Comienza a investigar a pesar de que su padre se está muriendo, a pesar de sus problemas de próstata, de que su mujer sea una comprometida activista contra los desahucios, a pesar de que su hijo adolescente lo ignore… Comienza a investigar porque es su trabajo y, ante todo, es otro “mandao” más.

La última novela de Carlos Bassas sorprende. No por el final, ni por lo intrincado de la trama  –de hecho, la identidad del asesino se desvela casi al principio– sino por la claridad con la que describe un ambiente que no nos es desconocido. Un mundo cruel, donde desde joven estás condicionado por tus circunstancias, donde la gente pierde lo que tiene y donde el activismo real, el de fuera del sofá, es algo ocasional y no la norma. Un mundo donde no hay héroes, pero tampoco villanos, donde el blanco y el negro se difuminan en una amplia gama de grises. Todo ello, narrado con un estilo muy visual y con unos diálogos brillantes, en algunas ocasiones casi filosóficos, que reflejan los orígenes como guionista del autor.

Y aunque siempre pagamos los mismos, su presentación será gratuita, y los libros tendrán descuento.

¿Cuándo? ¿Dónde? El 19 de Febrero a las 19 h en el salón  De actos de la Biblioteca Municipal.
Así que ven, Y compártelo. No tienes excusa.

 Hazlo…. O nos las pagarás.

Más información en el Cuartel General de las Casas Ahorcadas (casasahorcadas.blogspot.com).

lunes, 11 de enero de 2016

La alegría del samurái



Querido Víctor:

Perdona si he tardado en dedicarte este post. Sabes que no ha sido por falta de ganas. Que me alegro tanto de tu éxito casi como si fuera mío.

Aunque ese casi implique nada menos que un Nadal y 18.0000 euros menos en mi haber.

¿Te acuerdas de la primera vez que visitaste tus Casas?. Viniste a comentar “La tristeza del samurái” y a presentar “Respirar por la herida”.

 Lo recuerdo como si fuera ayer. Aunque hayan pasado casi tres años. Fue el 15 de Marzo del 2013.

Y te prometo que no lo he mirado en Google.

Ya entonces eras un autor consagrado en Francia, gracias al Premio Le Point. Pero como la mayoría de grandes que conozco, estabas en una editorial pequeña (la pequeña gran Al revés). Pero todos los que te leíamos, nos sorprendíamos de que un escritor tan bueno, pasara tan desapercibido.

Sé que te afectaba. Que te dolía no ser profeta en tu tierra. Pero como el samurái tratabas de que la tristeza no te invadiera, de no respirar por la herida.

 Y por ello, no dejaste de intentarlo.

Aunque “Respirar por la herida” no recibiera la atención que merecía.

Pero como buen samurái, tú seguiste perseverando.

Y diste al fin, el salto que todos sabíamos que tarde o temprano darías. Porque aunque nos pese a los amantes de las pequeñas editoriales, las estrellas literarias siempre acaban brillando en Planeta. Y así es como “Un millón de gotas” cosechó un millón de premios. Aquí, allí, en todas partes.

Y pese a todo, como buen samurái, tú seguías imperturbable…hasta el miércoles.

¿Recuerdas el encuentro con lectores en la Universidad? Te pusiste la hostia de gafapasta…. Ese día me dijiste que te ibas a presentar al Nadal, pero que debía ser un secreto.

Y te prometo que lo guardé. Que hice lo que pude. Sólo se lo comenté a mi familia.

Pero el miércoles, busqué información en internet. Y encontré los finalistas. Y por lo poco que sabía de la novela, sospeché que “Cruce de olvidos” era tuyo. Que te ocultabas bajo el pseudónimo de Aurelia Ballesteros.

Y crucé los dedos.

Pero el jueves, yo tenía que trabajar. Era mi primer día después de Navidad. No había dormido bien (quedaría muy bien, si dijera que de los nervios, pero ya sabes que nunca miento). Por eso, cuando mi padre entró en mi habitación, pensaba que me había dormido. Y cuando gritó: ¡Víctor ha ganado el Nadal! No pude evitar un respingo. Y cuando descubrí que eran las 6:30, tampoco acordarme de su madre, aunque sea mi abuela.

Todavía medio dormido, fui al salón. En las noticias, hablaban de no sé qué mierdas  de Rafa Benítez. Y luego, de no sé qué hostias del tiempo.  Y de repente….te oí.
Eras tú.
Mi samurái.
Y estabas tan emocionado que casi llorabas. Llorabas de alegría.
De repente, se me pasó todo el sueño y la mala hostia.
Eras tú. Mi samurái. En la tele. No sabes lo orgulloso que me sentí. Por ti y por mí. Por mi amigo y por ser tu amigo.

Y bueno, aunque algo tarde, quería que lo supieras. Ahora que es "La víspera de casi todo". Tu alegría me hizo feliz, samurái.