Barcelona es una ciudad muy especial para mí, aunque llevaba
sin pisarla media vida. Doce años. Desde que me refugié en ella, recién perdida
la vista, para ver (curiosa paradoja) si un ensayo clínico con tecnología rusa
de la Guerra Fría (y no es broma, ni ciencia-ficción), obraba el milagro. Meses
muy duros, que no obstante, recuerdo incluso con nostalgia por lo bien tratados
que fuimos por todo el mundo.
En todo eso pensaba el miércoles pasado, cuando
después de una hora de trasbordo en Valencia, montaba en un TALGO de tiempos de
Agatha Christie rumbo a la Ciudad Condal. Un larguísimo viaje (más de tres
horas y media) que la próxima novela de Arretxe (en que aparece un vendedor de
cupones ciego con mi nombre) hicieron que se me pasaran volando como si fuera un
AVE.
Cuando llegamos a la estación de Sans, Para hacer
tiempo mientras esperábamos, pregunté a mi IPhone qué temperatura hacía. 16
grados. Nada que ver con los que había en Cuenca a las 8 de la mañana, cuando
SIRI me había contestado: ¡Qué frío, hace 2 grados.!
Al poco, llegó Gori Doltz a recogernos con su coche. Y
al rato, estábamos en su casa. Un estupendo piso en pleno barrio de Gracia con
un salón y un patio dignos de una sitcom americana. Allí nos esperaba Julia
para comer un estupendo no se qué (véase estofado de carne, en catalán) que
para sorpresa de propios y extraños (soy de los que piensa que la cuchara, solo
para los postres) me supo a gloria bendita.
Como el primer acto de Barcelona Negra empezaba a las
16.30, no hubo tiempo para mucho más. Pillamos un taxi, y salimos pitando para
el Liceu.
Todo genial, hasta que Bassas termina con una cita de
Montalbán de tintes futbolísticos, que por supuesto consiguió una ovación del
público, y que a mí me dieran ganas de aplaudirle entre las piernas y darle el
Tormo Negro póstumamente.
A la salida, buffet libre de besos y abrazos para Marta,
el señor Rubio, el plumilla Galindo, Ilya Alrevés y los que habían participado
en la mesa. Tantas ganas había de cháchara que cuando nos quisimos dar cuenta,
se había acabado la siguiente charla, en que participaban dos autores europeos
recién publicados con una pinta estupenda….y como tenían tanta cola para
firmar, me quedé sin que me dedicaran un libro que me había llevado desde
Cuenca.
Y es que, la sala del Liceu estaba tan abarrotada, que
no tuvimos otra opción que volver al salón a toda prisa, si queríamos coger
sitio para escuchar a Paco Ignacio Taibo II, Antonio Soler y Andreu Martín departir
sobre la Barcelona de los años 20 y el pistolerismo. Una interesantísima mesa
redonda, excepcionalmente moderada por Antonio Baños, que solo fue superada por
la cuadrada que le siguió, en que tuvimos el placer de cenar con Andreu Martín
y su interminable repertorio de anécdotas.
Para cerrar la noche perfecta, nos reunimos de nuevo
con Bassas, Zanón, Luján y cía para tomar unos cócteles en “Boadas”. Y claro,
como servidor es abstemio, tuve la feliz idea de pedir un combinado sin alcohol
que ipso facto me convirtió en motivo de pitorreo general y candidato number
one a coordinar “Pluma negra”, el primer festival homocriminal de España.
Y más, cuando juré sobre la foto de Montalbán que
presidía el local, que se me estaba subiendo a la cabeza.
Total, que nos dieron las mil. Aún así, cuando
volvimos a casa de Gori, todavía teníamos ganas de palique y estuvimos un rato
de charleta y copas antes de irnos al sobre casi a las tres de la mañana.
Pero como somos unos cumplidores, a la hora acordada
estábamos en la puerta, justo a tiempo para abrazar a Juan, el padre de Rosa. Y
a las 9.15 entrábamos en el estudio, al que pronto llegó Rosa medio afónica. Un
vozarrón de ultratumba, ideal para hablar de su próxima novela, protagonizada
por un hombre lobo, que acaba de ganar el premio Letras del Mediterráneo.
Terminada la faena, y después de desayunar, pude al
fin conocer al santo de Rosa, el Santo Klaus. Un risueño alemán, de español
casi perfecto, con el que congeniamos al segundo. Y después de darle un besazo
a Montse, la madre de Rosa, dimos un paseo por los dominios de “La marquesa del
Llobregat”, que nos presentó a su tía, la inspiración de Ana Martí. Para
rematar esta mañana inolvidable, nos invitaron a un restaurante donde comimos el
mejor cordero que he probado en mi vida.
Y para celebrarlo, mi padre me bautizó con el vino, y
tuve que volver a Barcelona con una camisa de Juan.
Cuando entramos al Liceu, el primer acto de la tarde
todavía no había acabado. Era una mesa de autores catalanes en catalán. Pero en
cuanto Rafa Melero nos vio, cambió al castellano para que “su amigo Sergio de
Cuenca” pudiera entenderlo. Un detallazo que se mereció un gran abrazo, durante
las cervezas que siguieron.
En el bar, Ilya nos presentó a Sebastiá Benasar, un experto
en novela negra y autor mallorquín que acaba de publicar una novela titulada
“El imperio de los leones” que estoy devorando con fruición en estos momentos. Y
aprovechando que era una enciclopedia andante, nos acompañó al Ayuntamiento para
el evento más importante de BCNegra: la entrega del premio pepe Carvalho.
Una ceremonia donde Ada Colau rindió tributo a Paco
Camarasa, que días atrás había anunciado que por problemas de salud sería su
último año al frente del festival, y a Denis Lehane, el ganador de este año con
un recinto abarrotado de público.
Toda una lección de compromiso político con la cultura
y de pasión ciudadana por la lectura que me dio mucha envidia sana.
Agotados después de un día tan ajetreado, volvimos a
coger un taxi para la pensión Casa Gori. Sin embargo, esta vez, una manzanilla
me dejó fuera de combate en el primer round.
Pero como a falta de pan buenas son tortas, nos
tomamos una caña en “El vaso de oro”, la mejor cervecería de la ciudad, y una
paella de marisco que daba mil vueltas a cualquier valenciana que yo haya
probado en “El sheriff”, donde Aro insistió en invitarnos.
Prepárate, amigo, cuando vengas por Cuenca, pienso
cebarte como un cochinillo.
Y entre risas, cotilleos y proposiciones más o menos honestas
para que les invitásemos al club, volvieron a darnos las mil.
Tras un sueño tan breve como reparador y una buena
ducha, preparamos las maletas y cogimos el enésimo taxi para no perdernos el
bautizo moderador de Aro. Una mesa con Claudio Cerdán, Félix Modroño, Santiago
Álvarez y Miguel Pajares que, aunque Aro me hizo caso con algunas preguntas,
salió bastante bien.
A la salida, pude abrazar a Claudio, y tomarnos algo
con todos antes de comer a toda prisa y montarnos en el tren de vuelta a
Cuenca.
Por el camino, antes de que me venciera el sueño,
pensé, agradecido, en lo mucho y bien que todo el mundo se había portado con
nosotros. En la gran familia en que se ha convertido el mundillo de la novela
negra. Una gran familia por la que merece la pena seguir luchando.
Y que, aunque han sido unos días irrepetibles, espero
repetir el año que viene.
2 comentarios:
Muchas gracias, Sergio. En El Prat siempre serás bien recibido.
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